DEL SUR AL SUR
Del Mediterráneo al Mediterráneo
Eduardo Ammatuna
ARANDURÃ
E D I T O R I A L
4
© Eduardo Ammatuna
5
Dedicado:
A todos los que sin querer tuvieron que partir
obligados por los hacedores de las circunstancias y
no pudieron regresar.
A todos sus descendientes que como único equipaje
llevaron en sus genes nonatos todo el bagaje
de su vida pasada para atenuar el nacer confusos
en tierras extrañas; que necesitaron mutar sin
olvidar
para sobrevivir; que sintieron que les robaron
su identidad, sus costumbres ancestrales y su arraigo
de años antes de haber nacido; que tuvieron que
volver a producir por muchos años raíces sin tradición
en otros lares.
A todos los que sienten que por sus años todo
lo perdido ya no lo volverán a vivir y ya no podrán
sentirse a sus anchas en la cuna que no conocieron.
A todos aquellos paisanos para los que después
de haber perdido por diferentes imponderables todo
contacto con sus seres queridos de la península y
que con muchos más años encima el regreso se hizo
un sueño tanto o más difícil que la emigración.
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INTORNO ALL’OPERA
L’ idea centrale della opera è raccontare gli avvenimenti
vissuti dalle famiglie emmígrate dalla Sicilia (presentate
come
se fossero una famiglia sola), la loro lotta, il
coraggio, la
tenacia, il sacrificio, le loro sconfitte, le loro
conquiste, il loro
amore per la famiglia e per la loro lontana terra.
Insieme all’
idea centrale vengono presentati alcuni riferimenti alla
storia
e alla vita socio–política dell’Italia, della Sicilia e
del Paraguay.
Inoltre il romanzo cerca di far vedere ancora una volta
tutto quello che hanno dovuto soffrire quelli che sono
emmigrati
verso Sud, sebbene fossero a conoscenza che da queste
parti
no vedrebbero mai compiuto l’ormai noto “sogno
americano”;
il reclamo della perdita dell’identità costruita da anni
dai nostri
antenati; il cercare di calmare lo spirito agitato di
quelli che si
trovano soli in un mondo in cui sono spariti i fili della
loro
storia; il ringraziare l’Italia per aprire le porte che
permettono
ricuperare i figli dei figli e il ringraziare la Sicilia per darci il
carattere e l’orgoglio (malgrado la distanza e il tempo
passato)
di appartenere alla stessa comunità.
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SOBRE LA
OBRA
El
cuerpo central de la novela relata los acontecimientos
vividos
por varias familias de emigrantes sicilianos (conjugadas,
sintetizadas
y presentadas como una sola); su lucha, su
valentía,
su tenacidad, su sacrificio, sus derrotas, sus triunfos,
su
amor por la familia grande y por su lejana tierra; la pieza que
va
unida al cuerpo principal presenta un ligero “racconto” de
algunos
aspectos que hacen referencia a la historia y a la vida
socio–política
de Italia, de Sicilia y del Paraguay.
Además
de lo expuesto, la novela trata de manifestar una
vez
más las terribles vicisitudes por las que tuvieron que pasar
los
que emigraron al sur, a sabiendas de que por estas latitudes
no
encontrarían el ya gastado hoy cuento del “sueño americano”;
de
reclamar la pérdida de identidad labrada durante años
por
nuestros antepasados; de aplacar el turbulento espíritu de
quienes
se encuentran solos en un mundo en el que han desaparecido
los
hilos de su historia; de agradecer a Italia por abrir las
puertas
que posibilitan el rescate de los hijos de sus hijos y de
agradecer
a Sicilia por darnos el carácter y el orgullo (pese a la
distancia
en el tiempo) de pertenecer a su gran comunidad.
8
9
1
La
mirada muda, sufrida, deseando ser eterna, compungía
y
estrujaba como una prensa el alma y el espíritu del isleño.
–¿Qué
tan pronto será que nos toque a nosotros? –se preguntaba
mentalmente,
con el cuerpo prisionero de músculos
tallados
y templados bajo la impiedad del sol de tantas jornadas
de
quehaceres por el pan familiar.
En
lontananza las olas picarescamente jugueteaban con los
colores,
del azul intenso saltaban al aguamarina y al verde
esmeralda;
y así translúcidas cual sentimiento de ángeles se
aproximaban
una y otra vez rumoreando a la infinita costa de
rocas,
piedras y arena, convertidas en límpidas espumas blancas.
La
cálida brisa, casi viento, hacía incansables esfuerzos
por
mantener su rumbo.
El
amanecer se hizo día y noche, y Giacomo permaneció
impertérrito
en el mismo sitio, ensimismado hasta más allá, hasta
donde
el sentido de la vista deja cortésmente paso al disfrute
del
oído.
–¡Papá!
¡Papá! Es hora de regresar –avisaba a voz en cuello
la
pequeña niña, esforzándose en superar al sibilante viento
que
se escurría por entre las ramas de los arbustos–. ¿Es que no
me
escuchas? –preguntó levantando otro poco más la voz.
–¡Va
bene! ¡Va bene! –respondió su padre sacudiendo sus
pensamientos,
como queriéndoselos quitar de esa manera de la
atormentada
cabeza.
Giacomo
tomó las tibias manitas de su hija, de un tirón la
alzó
hasta la altura de su pecho y así bajo la desentendida mirada
de
Emma emprendieron camino al hogar.
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La
pintoresca Scicli distaba algunos buenos kilómetros del
lugar;
ella como toda pequeña ciudad siciliana era orgullosa de
su
riquísimo pasado y de su presente, de sus monumentos, de la
arquitectura
de sus edificios como el del Palazzo Beneventano,
de
las riquísimas esculturas que engalanan el interior de su
Chiesa
di Santa Teresa, de su Chiesa di San Bartolomeo, de su
Chiesa
Santa María La Nova,
de su Chiesa Madre, de sus plazas
y
de su gente.
En
innumerables momentos de su vida Giacomo había
subido
con sus amigos al cerro de San Matteo, para desde allí
en
amenas charlas contemplar la ciudad iluminada; las lucecitas
amarillas
salpicadas sobre sus intrincadas calles y el gran
rectángulo
de color verde brillante en el centro, frente a la sublime
Chiesa
di San Ignacio, tenían el poder de hacer imaginar
a
cualquier espectador que se encontraba ante una ciudad encantada,
salida
de un cuento de hadas.
–Buenas
noches Concetta. Hemos regresado.
–Buenas
noches a todos. En un momento serviré la cena,
por
favor dile a los niños que se apresten –pidió Concetta a su
marido
al momento que secaba sus manos en el delantal que
llevaba
atado a la cintura.
–Bene,
bene –respondió suavemente Giacomo.
La
respuesta al pedido de su compañera realmente fue suave,
casi
entre dientes, no así en cambio la orden que impartió a
sus
hijos, a quienes se dirigió con voz imperante.
–¡Vittorio!
¡Antonio! ¡Anna! La mesa está pronta –agregando
en
el mismo tono–. ¡Lavados y bien peinados, o no se
sientan
a la mesa! ¿Entendido?
–Sí
papá –respondieron todos al unísono apresurando las
obligaciones
previas.
–Anna,
ayúdame a servir la comida a tu padre y a tus hermanos
–ordenó
a su vez Concetta.
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(*) Tianu, plato preparado con garbanzo, arroz, pasta fina
(cabello de ángel) y
queso ricotta, todo cocinado a fuego lento en olla de
arcilla. Pastizzu scupiertu,
plato hecho a base de pasta, brócoli, pan rallado, pasas
de uva y tomate seco salado.
Cavati, pasta casera con jugo de cerdo, legumbres y
hortalizas. Stufato di maiale,
estofado de cerdo con salsa. Mustazzoli, bizcocho con miel
de abeja. Testa di turco,
bollo grande esponjoso lleno de crema.
A
ellas se les unió Antonio y entre todos fueron depositando
con
sumo cuidado las frías y las humeantes fuentes. Aunque
pobres
nunca faltó la buena comida en la mesa familiar, siempre
hubo
tianu(*), o pastizzu scupiertu, o cabrito relleno, o cavati,
o
mondongo de cordero con arvejas, o stufato di maiale, o
cordero
asado, o albóndigas de arroz, o empanadas de pescado,
o
pasta con caballa; el queso pecorino, el pan con aceitunas
negras,
el tomate salado con aceite de oliva y cebolla, las frutas
de
mazapán, los cannoli di ricotta, los mustazzoli, la testa di
turco,
las almendras y la miel.
La
cena terminó con las ¡Buenas noches mamá! ¡Buenas
noches
papá! de los niños, comenzando por los más pequeños.
Al
saludo de los mismos les correspondió un beso en la frente,
una
caricia en las mejillas con las ásperas manos del padre y
una
cálida mirada de la mamma Concetta.
Ninguno
de los niños pudo jamás advertir en los ojos azabache
de
sus padres la más leve muestra de preocupación, incertidumbre
y
sufrimiento por los momentos difíciles por los que estaba
atravesando
el matrimonio en su divina y cristiana tarea de
criar
y darles un futuro cierto a sus descendientes.
El
domingo llegó espléndido, con un sol radiante que mantenía
con
la rudeza y la sabiduría que le dieron las centurias
transformadas
en milenios y milenios de vida, su agradable
misión
de convertir a Sicilia cada nuevo día en la Isla del Sol.
Al
llamado del padre todos subieron al artesanal carro siciliano
tirado
por un lustroso caballo y emprendieron viaje a
Sampieri,
para de allí tomar rumbo a las cercanías de Pozzallo
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bordeando
el majestuoso Mediterráneo. En su trajinar pareciera
que
el honroso andar del cuadrúpedo respondía al orgullo
que
el noble animal sentía por su tarea de tirar de su carro admirado
tantas
veces en las fiestas folclóricas por sus fantásticos
y
coloridos decorados; muestra típica del arte popular tradicional
siciliano.
A
ciencia cierta jamás se podría definir si cuál de ellos, el
carro
o el animal, eran los más engalanados en esas ocasiones;
lo
real era que ambos en conjunto conformaban un cuadro pictórico
en
donde no escaseaban los atuendos, los pompones y
los
grabados figurativos de colores, tantos colores como los de
la
paleta de un pintor y aún más; impactaban a la vista el anaranjado,
el
rojo, el verde, el rosado, el celeste, el amarillo, el
blanco
y otros tantos que se escabullían de la mirada del espectador
al
paso acompasado del carrétto.
Entre
risas, gritos de alegría y murmullos, la familia de
Giacomo
iba recorriendo el camino de forma regular y precisa
cual
metrónomo. Los paisajes estáticos o cambiantes, según
como
se los interpretara, se sucedían con lentitud. A lo lejos en
la
planicie se veía un mundo de millones de pequeños resplandecientes
soles
amarillos que pendían de invisibles hilos y que
al
acortar distancias se convertían en fulgurantes frutos cítricos.
El
carro siguió por la meseta hasta llegar al final de la
misma
y antes de iniciar el descenso, Giacomo detuvo al caballo
con
un leve tirón de la rienda y reclamó la atención de sus
hijos.
–Miren
y miren hasta que cada detalle quede indemnemente
grabado
en sus memorias –dijo Giacomo, agregando–,
posiblemente
algún día esta visión alegrará a sus espíritus cuando
estén
necesitados.
Al
frente se divisaba a lo lejos que el mar se unía al cielo y
juntos
formaban una bóveda que ascendía hasta el infinito por
sobre
sus cabezas y se perdía en el confín más allá del poniente.
Inmediatamente
por debajo del borde donde terminaba la
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meseta
se veían dos relativamente pequeñas bahías en forma
de
la letra griega épsilon (ε); los
semicírculos de las mismas
estaban
delineados por respetables elevaciones rocosas coloreadas
por
el verde intenso que le daba la cobertura vegetal,
compuesta
por abundante pasto, por espinosas cactáceas de suculentas
pencas
redondas en forma de paletas y por arbustos de
distintos
tamaños y formas, y por el marrón tierra que se afincaba
en
los sitios en que la vegetación no pudo con las añejas
rocas
de los acantilados.
La
línea media que separaba las bahías a medida que se
adentraba
en el mar se hacía cada vez más delgada hasta casi
desaparecer,
terminando al final en un grandioso peñascal, en
donde
se destacaba nítidamente una roca redonda de gran porte
que
daba a la línea la apariencia de una i latina.
El
agua transparente del mar dejaba visualizar, en sus profundidades,
desemejantes
conformaciones enclavadas en sus
claro-oscuras
arenas.
A
la izquierda de la meseta, un poco más bajo casi ya al
nivel
del mar, se extendía una vasta llanura con suaves y escasos
relieves
que permitían apreciarla en toda su extensión; era de
una
belleza y colorido tal que si no fuese natural se diría que fue
hecho
a propósito por un grupo de genios paisajistas y decoradores.
A
todo lo largo y ancho de su superficie se observaban interminables
muros
hechos con piedras superpuestas, que en su paralelismo,
curvas
y entrecruces formaban extrañas divisorias en
la
tierra y que no superaban en demasía la altura de las cientos de
cabras
y ovejas que pastaban sumergidas en una alfombra de
pequeñitas
flores rojas y blancas; queriendo competir con ellas
se
hacían ver un grupo de hermosos enebros y de algarrobos, los
que
con sus cortos y gruesos troncos de grisácea corteza, de a
veces
desaliñadas copas verdes y de deliciosos frutos en vainas
de
color castaño oscuro invitaban al ramoneo.
–¿Saben
ustedes por qué el algarrobo es tan altivo y vanidoso?
–preguntó
Giacomo dirigiéndose a sus hijos.
14
–No
–contestó rápidamente Antonio.
–¡Cuéntanos!
–pidió Emma con su inocencia llena de imaginación.
–Bueno,
si así lo desean les contaré. El algarrobo es orgulloso
y
hasta algunas veces arrogante y engreído por varias razones,
una
de ellas es por su origen mediterráneo, lo que lo
hace
heredero de conocimientos milenarios.
–¿Y
qué más? –inquirió nuevamente Emma, apresurada.
–Por
sus relaciones, el algarrobo desde muy antes siempre
se
codeó con ricos comerciantes de oro y piedras preciosas.
–¿Cómo
se entiende eso? –preguntó a su vez desconfiado
Antonio,
quien era mayor que la fantasiosa Emma.
–Te
lo explicaré, pero primero me dirás qué es el quilate –
respondió
Giacomo mirando directamente a los ojos de su incrédulo
hijo.
–Todos
aprendimos en la scuola que el quilate es una unidad
de
medida –respondió Antonio con calibrada suficiencia.
–¿Y
qué más? –volvió a preguntarle Giacomo.
–Y
eso es todo –contestó con cierto recelo, por lo que pudo
significar
en el ánimo de su padre el anterior tímido alarde de
sapiencia.
Giacomo
en cambio tenía otra intención más que la simple
discusión
con su hijo, por lo que con criteriosa apacibilidad se
dispuso
a narrarles un cuento mezclando realidad y ficción con
la
finalidad de enseñar y divertir a los pequeños.
–Nuestra
isla fue albergue del hombre desde la prehistoria,
desde
los tiempos de la edad de piedra, cuando el ser humano
basaba
su principal actividad manual en el trabajo de la piedra,
del
hueso, del marfil y de las cornamentas de cérvidos,
estos
hombres modernos para la época, eran recolectores, cazadores
y
pescadores; posteriormente también fue tierra de
muchas
civilizaciones, las que algunas veces se alternaron en
el
dominio y en el poder después de cruentas y sangrientas gue15
rras,
y otras veces terminaron fusionándose entre sí. Todas trajeron
consigo
un bagaje de conocimientos y de capacidad creativa,
los
que a través del cruzamiento sucesivo de sangre y de
genes
enriquecieron cada vez más a los habitantes de Sicilia.
Los
escritores y sabios de aquellos tiempos cuentan que el
proceso
se inició hace muchísimos años, quizás unos 3.000 antes
de
que naciera Jesús, el hijo de Dios. En ese tiempo llegaron
los
Sículos y los Sicanos, los primeros que eran de origen indoeuropeo
se
radicaron en la parte oriental y los segundos que
probablemente
eran de origen mesopotámico habitaron la parte
occidental
de la isla; con ellos o quizás poco tiempo antes o
después
llegó un pueblo misterioso, a cuyas gentes se las llamó
Elimi
–Giacomo se explayó sobre este punto con voz grave y
mucho
más misteriosa que la historia misma de ese pueblo–.
Ambos
pasaron un sinnúmero de años en la isla, en ocasiones
peleando
entre sí, pero al final los Elimi fueron absorbidos por
los
Sicanos. ¿Se acuerdan de los Sicanos?
–¡Sí,
eran los que vivieron hacia el otro lado de donde nosotros
vivimos!
–respondió casi al instante Vittorio, adelantándose
a
los hermanos de modo a que el padre pudiera proseguir
rápidamente
con el intrigante relato.
–¿De
dónde venían los Elimi? –preguntó a su vez Antonio,
dándole
un tono académico a su pregunta.
El
padre ignoró el sentido real de la pregunta de Antonio y
continuó
el relato incorporando algo de fantasía todas las veces
que
podía.
–Este
pueblo era tan arcano, que nunca se supo con veracidad
de
dónde vinieron; algunos estudiosos de la antigüedad
afirmaron
que los Elimi provinieron de lo que hoy es Siria,
otros
dijeron que un navegante les contó que vinieron de Palestina
y
hasta se llegó a decir que llegaron del Asia Menor; en fin,
aún
no se conoce con certeza de dónde fueron originarios, pero
16
a
mí, mi profesora una vez me dijo que eran de la Mesopotamia.
–¿Mesopotamia?
–preguntó Anna sorprendida y arrugando
el
entrecejo.
–Sí
hija,... la Mesopotamia
es un nombre de origen griego
que
significa entre dos ríos, es una tierra lejana que está situada
entre
los ríos Tigris y Éufrates. Imagino que en la Biblia leyeron
acerca
de estos célebres ríos –señaló Giacomo rascándose
la
cabeza con el dedo índice en expresión de duda.
Antes
de que las palabras del padre se convirtieran en pregunta,
todos
respondieron afirmativamente con un movimiento
de
cabeza.
–¡Bien
hecho jovencitos!, porque muchas de las cosas que
les
voy a contar ya fueron “dichas” en las escrituras.
Ese
lugar del mundo desde siete milenios antes de Cristo
estuvo
habitado por los hombres; allí vivieron los Acadios, los
Gutios,
los Hititas, los Babilónicos, los Asirios, los Caldeos y
otros
más. Todos moraban en ciudades hermosas como la bíblica
Erech,
la de Ur y la de Nippur.
Así
fue pasando el tiempo hasta que un día también se les
ocurrió
venir a los fenicios y a los griegos; los primeros en
arribar
fueron los fenicios, quienes vivían más allá de la isla de
Chipre,
en tierra firme, su “país” era nada más que una pequeña
franja
de territorio de más o menos 300 kilómetros de largo
por
tan sólo 20 kilómetros
de ancho; ellos conformaban un gran
pueblo
de raíz semítica, que más que un estado unificado constituían
un
grupo de ciudades reino, como la de Trípoli, Sidón y
Biblos.
–¿Alguno
de ustedes conoce el significado de “pueblos
semitas”?
–Sí,
señor –se adelantó Vittorio a responder–, el sacerdote
nos
enseñó que los pueblos semitas eran los que hablaban el
árabe
y el hebreo.
17
Giacomo
asintió con un gesto afirmativo y prosiguió con
su
narración.
–Los
fenicios fueron grandes navegantes y comerciantes y
además
fueron los creadores del alfabeto, conjunto de signos
que
más tarde los griegos lo perfeccionaron y lo difundieron
por
el mundo.
–¡Papá!
¡Papá! Te olvidaste del algarrobo –señaló Emma,
con
toda la inocencia de su edad.
–Espera
un momento hija, no te apresures que no he olvidado
al
“señor algarrobo”, ya lo verás –puntualizó Giacomo y
aspirando
una bocanada de aire se dispuso a continuar–. Estando
los
fenicios en la región occidental de Sicilia, llegaron también
a
ella por vez primera los griegos, nuestros vecinos del
Mediterráneo,
pero se asentaron principalmente en la parte
oriental
y levantaron grandes colonias que se convirtieron más
tarde
en importantes ciudades comerciales como Naxos, Agrigento,
Catania,
Zancle y Siracusa.
Grecia
al igual que Sicilia y otras civilizaciones del Mediterráneo
también
tiene antecedentes prehistóricos, puesto que
pueblos
primitivos habitaron sus regiones meridionales aproximadamente
antes
del 4000 a.C.
En ese tiempo prácticamente
existían
dos civilizaciones en el Ege, la de Creta ubicada en la
isla
de Creta y la Heládica
situada en la parte continental de
Grecia,
ambas dominaron el comercio en forma sucesiva.
Algo
similar a lo ocurrido en nuestra isla, sucedió también
en
Grecia, fue invadida por otros pueblos de habla indoeuropea,
los
aqueos, los jonios y los eolios, los primeros se establecieron
en
el Peloponeso, los jonios en Ática y los eolios en
Tesalia;
los aqueos que eran un pueblo luchador, más tarde conquistaron
el
continente y las islas. Además de esos pueblos llegaron
a
Grecia los dóricos, que con sus armamentos hechos
con
hierro, desconocidos hasta ese momento, invadieron la tierra
de
los aqueos, lucharon con ellos y los vencieron. Más ade18
lante
los eólicos, los jónicos y los dóricos formaron una gran
confederación,
que fue creciendo en población al mismo tiempo
que
escaseaban los alimentos, pero como tenían una gran
artesanía
y eran buenos comerciantes y navegantes, decidieron
repoblar
nuevas tierras y fundando colonias a uno y otro lado
de
Grecia y en lugares tan distantes como el Mar Nagro, la
costa
mediterránea de Francia, parte de la península Itálica y
por
supuesto Sicilia. Fueron tan importantes las colonias de la
isla
y las de la península que en aquellos tiempos se las llamaba
la Magna
Grecia –en este punto
Giacomo hizo una pausa, pidió
que
le prepararan un pedazo de pan con rodajas de tomate salado,
aderezado
con aceite de oliva, ajo y orégano, y continuó
con
su relato histórico-fantasioso-educativo.
–Una
vieja leyenda cuenta que un gran señor llamado Urquar,
de
la ciudad fenicia de Panormo, la que ahora se llama
Palermo,
encargó a un súbdito la delicada y peligrosa misión
de
ir hasta la más rica y poderosa ciudad griega de Siracusa, a
comprar
oro, ¡barriles de oro!, para con ellos colaborar con los
esfuerzos
económicos que su rey debía hacer para formar un
ejército
de varios miles de hombres y retribuirle así también
los
favores recibidos en muchas oportunidades.
El
súbdito, de nombre Ahiraman, debía ir hasta Mozia,
colonia
ubicada en el islote de Stagnone, en el occidente de
Sicilia
y contactar con el capitán Asdrúbal, quien comandaba
una
flota mediana de barcos mercantes. Ahiraman llevó consigo
una
orden especial del rey en la cual se ordenaba al capitán
ponerse
a disposición del mismo y facilitarle todos los medios
necesarios
para el cumplimiento de su misión; sin ese mandato
le
hubiera sido casi imposible contratar barcos y marineros,
porque
en ese tiempo los reinos rivalizaban para convenir compromisos
de
transporte con los fenicios, debido a que éstos eran
los
mejores en esta actividad. Eran tan famosos que se cree que
el
transporte y la remesa comercial tuvieron su inicio con las
19
operaciones
mercantiles de los fenicios en el Mediterráneo y
en
el Atlántico.
Ahiraman
y Asdrúbal se reunieron una y otra vez para discutir
cuál
sería la estrategia a emplear para cumplir con éxito el
cometido.
Lo primero que hicieron fue calcular la cantidad y la
clase
de mercaderías que debían adquirir para comprar la porción
de
oro que necesitaban, lo segundo fue elegir los navíos
más
capacitados para llevar la carga, la que probablemente sería
de
gran volumen y alto valor, lo tercero fue seleccionar los
marinos
más aptos para el trabajo y para la lucha, y lo último
fue
determinar con mucha precisión la ruta a seguir hasta Siracusa.
Después
de varios días concluyeron que llevarían productos
de
diferentes regiones fenicias y también de otras naciones;
así
decidieron llevar una buena cantidad de artículos de cristalería,
de
textiles manufacturados, maderas en bruto de cedro y
tintes,
en especial el “tinte de púrpura” traído de Tiro, producido
únicamente
en Fenicia y muy apreciado por los comerciantes
extranjeros,
abundantes frutas, nueces, marfil, animales exóticos
africanos,
algo de plata adquirida en Cartago y una importante
cantidad
del deseado estaño proveniente de las Islas
Británicas.
Reunir
casi toda esa mercadería les hizo perder muchos
meses,
pero lo peor era que debían seguir esperando porque el
imprescindible
estaño no llegaba. Como el tiempo se les acortaba
velozmente,
decidieron ir a buscarlo al puerto de Gadir,
cruzando
el estrecho de Gibraltar, pero cuando todo estaba listo
para
emprender el viaje, los mercaderes provenientes de
Cornualles
arribaron a Mozia.
A
la hora de establecer el precio a pagar por el estaño,
Ahiraman
y Asdrúbal trataron de bajarlo aduciendo que el tiempo
perdido
les había infligido cuantiosos daños, a lo que el
mercader
respondió que las condiciones climáticas no lo acom20
pañaron
en este viaje, tuvieron mucho viento en dirección desfavorable
y
casi diez días de cielo nublado que no le permitieron
visualizar
la estrella polar.
–¿Esa
es la Stella
d’Italia, papá? –preguntó Anna, haciendo
relucir
su candorosa ingenuidad nuevamente.
–¡Mamma
mía! ¡Mamma mía! Tú no sabes lo que dices –
respingó
Vittorio inmediatamente, juntando las manos como si
fuera
a rezar y elevando la mirada al cielo.
–Sí
y no –intervino Giacomo rápidamente–. Esa estrella
pertenece
un poco a todos, más aún a los navegantes de los
mares
y océanos –señaló al momento que lanzaba una furibunda
mirada
a Vittorio.
–Vittorio,
explica a tu hermana lo que sabes de la estrella.
–Bien
papá –alardeó el hijo, atisbando el rostro de Anna–.
Esa
estrella la utilizaban los antiguos navegantes como punto
de
referencia para navegar fuera del Mediterráneo.
A
esa altura de la conversación, ante la jactancia de su
hijo,
el semblante de Giacomo estaba rojo como un tomate
maduro.
–Explica
más sobre ella –exigió a Vittorio.
–La
estrella polar siempre es visible en el polo norte, pero
en
la actualidad ya no se la utiliza como referencia porque el
globo
terráqueo fue dividido en meridianos y paralelos, que permiten
a
los navegantes establecer con relativa exactitud los diferentes
puntos
de la superficie terrestre. Los meridianos expresan
la
longitud, los paralelos la latitud, y ambas líneas imaginarias
están
divididas en grados –“recitó” muy ufano el chico.
Giacomo,
quien ya no sólo tenía el rostro al rojo vivo por
la
petulancia de Vittorio ante él y ante sus hermanos, temblaba
contenidamente
de rabia; debía darle al hijo una lección para
que
aprendiera el valor y la importancia de la humildad, tan
conocida
de los sicilianos, y para que la tuviera en presente
durante
toda su vida.
21
–Hijo,
veo que has aprendido bastante en la scuola, pero
no
lo suficiente. La estrella polar es siempre visible desde cualquier
punto
del hemisferio norte y no solamente en el polo norte
como
dijiste, tampoco es verdad que en la actualidad ya no
se
la tiene en cuenta, porque aún se la utiliza para determinar el
acimut
y la latitud. ¿Sabes lo que es el azimut?
–¡Más
o menos papá! –respondió esta vez con alguna modestia,
previendo
lo que se podía venir por su jactanciosa actitud
anterior,
y lo menos que podía esperar era una pedagógica
sonora
ceffata.
–Es
una estrella muy antigua e importante, que no sólo
sirvió
a los navegantes de antaño sino también a los magos de
oriente,
los que con sus conocimientos astronómicos se valieron
de
ella para llegar hasta el pesebre para honrar a Jesús.
¿Verdad
hijo?
–Es
verdad, es verdad, papá.
–¡Ma
che stella, bruto presumido! ¡Deja de fanfarronear!
El
azimut no es una estrella, además la Estrella Polar no fue la
que
guió a los Reyes de Oriente y tampoco la Estrella Polar es
siempre
la misma; cuando el polo norte celeste cambia de posición
en
relación a las constelaciones, distintas estrellas se convierten
en
la Estrella Polar.
Pídele a tu maestra que te enseñe
acerca
de las constelaciones del hemisferio norte, en especial
las
llamadas Dragón, Osa Menor, Osa Mayor, Cefeo, Lira, sobre
qué
fueron y sobre lo que volverán a ser sus estrellas conocidas
como
Alpha Draconis, Ursae Minoris, Alpha Cephei y
Vega.
¡Ah!, y trata también de aprender algunas constelaciones
del
hemisferio sur.
Giacomo
quedó callado un prolongado instante y luego
prosiguió
hablando dirigiéndose a Vittorio.
–Ahora
atiende y escucha bien muchacho; has nacido y
estás
creciendo en una familia con valores humanos, en una
región
que fue cuna de grandes pensadores y filósofos que en22
señaron
que la ignorancia es el origen de los vicios, y que quien
se
las da de sabio en realidad no sabe lo que dice saber y por
tanto
es más sabio aquel que reconoce que nada sabe.
Nunca
peques de sabelotodo porque tu sapiencia nunca
será
suficiente, tampoco presumas con tu pensamiento y con
tus
palabras porque el tiempo se encargará de hacértelas tragar
con
amargura, y constantemente chocarás contra el muro.
Vittorio
bajó la cabeza sin decir palabra alguna.
–¿Me
has entendido bien, pequeño bestia? –preguntó Giacomo
casi
gritando y a la vez exigiendo una respuesta.
–¡Sí
señor, lo he entendido muy bien!
–Después
de que se pusieran de acuerdo en el monto de
dinero
a pagar por el estaño, el mercader ordenó a sus hombres
que
trasladaran la carga al sitio que Ahiraman le indicó –prosiguió
relatando
el padre.
Bien
entrada la tarde Ahiraman y Asdrúbal fueron juntos a
una
taberna cercana al puerto y mientras comían razonaban
acerca
del tipo de navíos que deberían utilizar. Asdrúbal explicó
que
la flota que normalmente comandaba, constaba de cinco
naves
que de acuerdo a las circunstancias hacían de escolta protectora
o
de transporte de carga, que casi siempre se utilizaban
como
mínimo dos de ellas para proteger a las demás, que las
que
habitualmente llevaban carga eran las naves propulsadas
por
remos y vela, y que aunque llevaban veinte remos y remeros
por
banda y eran largos y estrechos, contaban con un único
mástil,
una sola vela, no tenían caseta ni en proa ni en popa, por
lo
que podían llevar carga en la larga pasarela ubicada en el
centro
mismo del barco.
Las
naves escoltas eran galeras de guerra, grandes, de unos
treinta
metros de eslora, propulsadas por velas y por dos filas
de
veinticinco remeros por banda, que iban sentados dentro del
casco,
lo que permitía tener una cubierta de combate sobre la
bancada
superior, la que en ocasiones era utilizada como sitio
23
de
carga, especialmente cuando la ruta a seguir estaba exenta
de
peligro.
Ahiraman,
previendo que las mercancías y animales a llevar,
exceptuando
el estaño, eran más importantes en volumen
que
en peso, sugirió al capitán que hiciera valer la orden del rey
para
conseguir incorporar a la flota el nuevo barco mercante
“redondo”
construido recientemente por sus coterráneos; éste
era
un navío de manga ancha, espacioso, de una sola vela cuadra
mayor,
que al no tener remos y remeros, y al utilizar sólo el
viento
para su desplazamiento era excepcional para el transporte
de
mercaderías.
Las
dos rutas que podían seguir para llegar por mar a Siracusa
no
eran de navegación fácil, eran muy riesgosas, razón
por
la que debían elegir la que al parecer de ambos constituía la
más
confiable a sus instintos.
Uno
de los itinerarios posibles era aquel que partiendo de
Mozia
llegaba a Marsala, de allí navegando con rumbo suroeste
y
cruzando el Mediterráneo en su punto más cercano a la
isla,
arribaba a Utica y/o Cartago en el norte africano, ciudades
en
una de las cuales deberían aprovisionarse de abundante agua
para
beber, de trigo y de otros cereales, y atravesando nuevamente
el
Mediterráneo y navegando en forma paralela a la costa
alcanzaba
a Portopalo, en el extremo más oriental de Sicilia, y
desde
ese punto geográfico, ya en aguas del mar Jónico, navegando
hacia
el noreste llegaba a Siracusa.
Aparte
del peligro que representaba para los fenicios el
solo
hecho de ir a Siracusa, aunque sea sólo para comerciar,
durante
casi todo el trayecto la flota no debía acercarse en demasía
a
las costas para evitar de ese modo encontrarse con
marinos
griegos, quienes tenían por costumbre considerar un
desafío
el que naves de otras naciones surcaran sus aguas territoriales;
asimismo
tampoco podían navegar mar adentro porque
era
muy posible que fueran atacados por los temidos corsarios,
24
quienes
habitualmente bajo la protección de algunos reyes de
ciudades
en guerra, perseguían y capturaban a las naves mercantes
que
se atrevían a navegar por esos rumbos.
La
otra ruta marítima se presentaba aparentemente menos
dificultosa,
puesto que permitía la navegación por aguas amigas
en
una gran parte del trayecto, incluso quizás hasta varios
cientos
de millas más allá de la ciudad de Solunto, situada a
orillas
del mar Tirreno, donde también al igual que en Cartago
podrían
reabastecer las naves; las complicaciones de esta vía
podrían
presentarse probablemente más adelante, cuando tuvieran
que
atravesar el estrecho de Mesina y también cuando
tuvieran
que navegar el trecho entre Zancle y Siracusa en el
mar
Jónico, especialmente si se daba crédito a las terroríficas
“historias”
que en más de una ocasión se habían escuchado de
boca
de nautas que decían haber recorrido esa ruta.
A
decir verdad esos relatos provocaban en toda tripulación
un
gran temor rayano al pánico.
Giacomo
hizo un alto en su narración para servirse un pastichito
de
pescado, pues debía acallar al ya inquieto estómago,
aunque
la razón primordial era tomarse un tiempo para pensar
cómo
podía presentar su relato de modo a que sus hijos aprendiesen
la
magnitud de la importancia que tuvo Sicilia en el mundo
antiguo.
Al final del quinto pasticcino resolvió el dilema.
Ahiraman,
con el argumento de que las historias por más
terribles
que fueran no podían hacer daño, como sí lo podrían
hacer
los corsarios, convenció a Asdrúbal para que se decidiera
por
la segunda opción de ruta; pero como era un servidor de un
hombre
de negocios y no un marino, ignoraba esas “historias”,
entonces
para no quedar con la incertidumbre de lo arriesgado
que
podría resultar el viaje, pidió disimuladamente a su interlocutor
que
le contara una de ellas. Asdrúbal, dispuesto a aterrorizarlo
y
a condicionar su actitud para supuestamente no atraer
la
aversión de los Dioses y seres que habitaban esas regiones,
eligió
la de Odiseo, el mítico personaje de la Odisea de Home25
ro,
la más espantosa y horripilante, la que mejor describía todo
lo
misterioso e inimaginable que podía ser transitar por los mares
que
circundaban a Sicilia y a sus innumerables islas.
Odiseo,
rey de Itaca, héroe y jefe del ejército griego, al
finalizar
la guerra de Troya inició con su flota el viaje de regreso
a
su isla; la travesía, que tendría que haber sido muy sencilla,
porque
sólo debía navegar por el Mar Egeo costeando la
península
de Anatolia hasta llegar a Halicarnaso y allí simplemente
cruzar
el golfo de Argos, por los muchos errores que
cometió
contra humanos, dioses y semidioses, fue castigado y
su
viaje se convirtió en una pesadilla que concluyó recién una
decena
de años después de haber abandonado Troya.
–Espero
que algo así no nos suceda a nosotros –interrumpió
Ahiraman.
–Si
ninguno de nosotros ofende a los dioses y si las criaturas
maléficas
no nos atrapan, no habrá problemas –sentenció
Asdrúbal
y prosiguió con su relato.
En
su periplo el rey primero llegó a Istmario Tracio, ciudad
de
los Cicones, a la que atacó y saqueó, perdiendo en esa
temeraria
acción a setenta y dos compañeros; posteriormente
cuando
se dirigía a Malea, en el Peloponeso, fue atrapado por
una
tormenta con vientos huracanados y olas mayores a los
diez
metros de altura que duró nueve días y que lo arrastró hacia
el
norte de África, al lado opuesto de su destino, al país de
los
Lotófagos, extraños seres que se alimentan de una planta de
grandes
flores olorosas y dulces bayas, que tienen el poder de
hacer
olvidar el camino de regreso al hogar a todos los que la
ingieren,
en esa tierra Odiseo tuvo que luchar para sacar a sus
compañeros
de ese lugar antes de que comieran la planta del
olvido;
de allí Odiseo siguió viaje por el mar grande occidental
hasta
el país de los Cíclopes, en la parte oriental de Sicilia;
estas
criaturas desproporcionadas, repulsivas, que tienen un solo
ojo
en el medio de la frente, habitan por separado con su familia
en
las cavernas de las montañas y son vástagos de dioses; se
26
cuenta
que cuando los cíclopes Arges, Estéropes y Brontes, hijos
de
Urano y Gea dioses de los cielos y de la tierra, fueron
desterrados
por su hermano a un oscuro abismo, profundo como
la
distancia que separa la tierra del cielo, llamado Tártaro, el
dios
Zeus los liberó, y entonces ellos en agradecimiento le forjaron
un
rayo con los metales incandescentes que había en las
entrañas
del volcán Etna. Precisamente en esta región de Sicilia,
el
rey de Itaca fue capturado y encerrado con toda su tripulación
en
una inaccesible cueva por un cíclope gigante llamado
Polifemo,
quien era hijo de Poseidón dios del mar. Cuando este
engendro
empezó a devorar a varios de sus compañeros, Odiseo
con
mucho ingenio después de emborracharlo lo cegó clavándole
una
estaca en el ojo y escapó con el resto de sus tripulantes
y
prosiguió viaje hacia su reino, entonces Polifemo herido
imploró
venganza a su padre, y éste lleno de cólera persiguió
con
todo su poder al rey griego manteniéndolo permanentemente
alejado
de su país; en su deambular por el mar Odiseo
llegó
a las islas Eolie, en el mar Tirreno, donde vive Eolo el
guardián
de los vientos, quien muy hospitalario lo recibió y le
entregó
una bolsa de cuero en la que estaban encerrados los
vientos,
excepto uno, el del oeste que era el que soplando durante
nueve
días lo podría llevar de regreso a su reino. Cuando
ya
habían dejado Eolia, sus compañeros creyendo que en la
bolsa
había oro y perlas, abrieron la misma y los vientos que
escaparon
los devolvió a la isla, donde el guardián de los vientos
indignado
por lo que habían hecho los obligó a abandonarla.
De
vuelta en el mar grande y siempre hostigado por Poseidón,
el
rey llegó a Telépilo, la ciudad de Lamo, rey de los lestrigones,
caníbales
gigantes que cuando apenas las naves tocaron
tierra
destruyeron once de las doce de la flota, Odiseo con la
embarcación
restante prosiguió viaje tratando de llegar a destino,
pero
en cambio arribó a otra isla llamada Oea, donde habita
una
maga llamada Circe, hija de Helios, dios del Sol que da luz
a
dioses y mortales.
27
Ahiraman
–comentó Giacomo– estaba perplejo porque la
narración
de Asdrúbal no se desarrollaba en territorios lejanos
sino
en la propia Sicilia y en la misma ruta que habían elegido
para
ir a Siracusa; para peor Asdrúbal le dio a entender que las
monstruosas
criaturas todavía habitaban en esos lugares.
La
hechicera recelosa en un principio, convirtió en cerdos a
parte
de la tripulación, pero Odiseo con la ayuda de Hermes, el
mensajero
de los dioses, les devolvió su forma humana y más
tarde
después de conquistar la confianza de Circe, disfrutó con
ella
muchos meses de placeres y hasta tuvieron juntos un hijo
llamado
Telégono. Como el tiempo pasaba y el rey no daba muestras
de
querer emprender de nuevo la marcha hacia el hogar, sus
compañeros
lo apremiaron de tal forma que el rey tuvo que hablar
con
Circe sobre el viaje de regreso; la hechicera aunque no
le
agradó la idea de la partida, fue magnánima y le aconsejó a su
amado
que primero fuera hasta la parte más lejana del mar, hacia
la
entrada del mundo de las tinieblas, y una vez allí consultase
con
la sombra del adivino Tiresias respecto a su regreso. El adivino
le
advirtió que su viaje a su reino se vería obstaculizado por
la
férrea mala predisposición de Poseidón, pero le dijo que podría
lograr
su objetivo siempre y cuando al llegar a Trinacria,
Sicilia,
su tripulación no tocase el ganado del dios Helios, porque
si
lo hiciesen él llegaría a su casa solo y sin sus marineros.
Odiseo
volvió junto a Circe y ayudado por los consejos de la
hechicera
emprendió el regreso a casa, durante la travesía pasó
frente
a la isla de las Sirenas amarrado al palo mayor de su embarcación
para
no ser atraído por sus melodiosos cantos y llegó a
Trinacria,
donde sus compañeros de desventura le exigieron desembarcar;
estando
en la isla los vientos se volvieron desfavorables
y
como cambiaron de dirección debieron permanecer en ella
por
un largo mes, cuando el hambre los acosó la tripulación sacrificó
a
las mejores reses del dios Helios, desoyendo la advertencia
de
la sombra del adivino.
28
Creyendo
que los vientos habían cambiado se hicieron a la
mar,
entonces Zeus, el dios del cielo y protector de los dioses,
desató
sobre ellos una terrible tempestad, con viento, agua, truenos,
relámpagos
nunca jamás vistos, y con un fulminante rayo
partió
la nave en dos en castigo por la ofensa hecha al dios
Helios;
todos los tripulantes murieron y Odiseo aferrado nuevamente
al
palo mayor de la embarcación fue arrastrado por las
olas
hasta el estrecho de Mesina, donde anteriormente ya había
tenido
la desgracia de vérselas con las aterradoras Escila y Caribdis.
Asdrúbal
se regocijaba por adelantado por el temor que
despertaría
en Ahiraman la parte de la historia que ahora le contaría
y
a la que le daría especial énfasis –explicó Giacomo a su
estupefacto
auditorio.
Escila,
hija del dios marino Forcis y de Hécate Crateis,
diosa
de los espíritus y de la noche, en un tiempo lejano había
sido
una bella ninfa del Mediterráneo que tuvo relaciones amorosas
con
Zeus, con Poseidón y con Tritón, hijo de éste; esta
relación
despertó los celos de la maga Circe y de la nereida
Anfitrite,
esposa del dios Poseidón y madre de Tritón, quienes