ASÍ SE ESTRENÓ MI GENERACIÓN
(Novela- Historia)
-1977-
Eduardo Salvador Ammatuna (†)
ed©
DEDICADO :
A mis padres y hermanos.
A mi esposa e hijos.
A todos los paisanos de mis dos tierras que
defendieron el Chaco Paraguayo, y a muchos otros más que intervinieron en ésta
sangrienta guerra.
Reflexión
No todos tienen la suerte de
vivir una guerra. La que yo viví fue, a pesar de todo, un caudal de vivencias
altamente instructivo, aunque de sacrificada experiencia.
Estas páginas resumen la
guerra que yo viví.
El
Autor.
1
ENTRE USTED Y YO
(A modo de exordio)
Escúcheme, lector ;
el sujeto que
le habla no es, precisamente, el autor de la novela; sino el protagonista
principal. Barrunto que se torna imprescindible darle a conocer siquiera algo
de mi personalidad antes que usted se sumerja en la lectura de este libro. Es
lo que haré acto seguido, con su perdón, por el tiempo que voy a distraerle, o
mejor, sustraerle.
Sucedió que el autor fue
creándome en alma y cuerpo, de a poco, a través de las páginas que escribiera;
y yo fui corporizándome paulatinamente, cada vez más humano, con el transcurrir
de las páginas, hasta que al final me incorporé como uno de los tantos de miles
de millones de seres que habitan este mundo exotérico, llevando conmigo las
penas y las alegrías que son mías; y son mías porque el autor las creó para que
yo las viviera y las sintiera con toda la sensibilidad de que soy capaz.
Pero, él no sabe, ni se
imagina cuán vigorosa y profunda, tierna y áspera es mi alma. Es por eso que él
no sabe lo profundamente que viví, sentí y sufrí los acaeceres
y dramas en que me metió su umbría imaginación de escritor.
Él (el autor), aparte,
con su lápiz, sus folios y sus invenciones; y yo, moviéndome en el escenario de
la vida real, sin su compañía, por supuesto.
Vivimos o existimos en
distintos planos en el mundo: su vida es la de su pensamiento volandero y
vagabundo, y su lápiz presto a obedecerle (en otros términos, sólo vive cuando
escribe); y yo en cambio, vivo con toda la fuerza de mi espíritu y de mi
corazón. No soy tanto un mental como un sensitivo…soy humilde, sin ambiciones
complejas, ni utópicas.
No, de ningún modo…no es
que yo desestime o subestime a mi creador; sólo que conmigo ha sucedido lo que
siempre: me he puesto a volar por mis propios medios en cuanto las alas
supieron de los aleteos. No obstante, lejos de mí el apartarme del curso que mi
creador me trazara. Me habría sido imposible, desde luego, porque un lazo de
tinta me tiene, en cierto modo, ligado a sus designios, como esclavo a quien se
le niega la manumisión. Empero, a mi agridulce existencia le cupo saborear
mieles y acíbares; supo elevarse a las cimas de lo bello y lo bueno; y alcanzó
a avizorar el inconmensurable mundo que late del otro lado de la vida…o quizás,
no late…no sabría afirmarlo, porque tan solo recuerdo muy bien haber cruzado
sus portalones.
Dije que estaba ligado a
sus designios (los del autor), puesto que, al final de cuentas, él me traza el
itinerario; y yo trasiego por el mundo, no sin cierto albedrío (que me he
arrogado a mí mismo, por audaz), con placer o desplacer conforme a las fuerzas
anímicas y espirituales que fueron desarrollándose en mí.
Todo en la tierra nace y
crece: la semilla no es, en apariencia, sino un minúsculo grano inerte, cuando
que en realidad es un poderoso núcleo de vida que bulle interiormente.
Soterrada, engendra al embrión; que es como decir vida palpitante, que pugna
por lograr una ubicación en el mundo; y de este blastema nace un nuevo ser. No
tengo porque constituirme en excepción: con el perfil de mi imagen, viviendo en
estado de latencia a la sombra de una mentalidad y una pluma, poco me faltaba
para que surgiera pletórico de fuerzas vivas. Y de ahí, a lo que soy, no he
tenido que añadirle sino mi voluntad de vivir.
Y aquí estoy ante
vosotros (mis lectores), y junto a vosotros, vibrando al conjuro de la luz y el
día, aspirando el aire de la vida que envuelve a nuestro hermoso planeta.
Antes de iniciar el
relato de los sucesos que conforma el periplo de mi existencia, quiero
manifestarles que pasaré de largo las orgías de sangre y dolor; ni me referiré
a la sed que trastorna la mente hasta el delirio, el hambre que descuaja la
raigambre humana hasta convertirla en harapos. No hablaré del que va saliendo
de las trincheras sin manos, brazos, ni piernas; ni del que viene sosteniendo
sus tripas con sus trémulas manos, porque el vientre se lo cortó una bayoneta;
ni del que murió con el cráneo destrozado; ni del que quedó estúpido el resto
de sus días.
Nada de esto me estimula
a la narración, porque no está en mi constitución psico-anímica.
No nací proclive a ensalzar los crímenes de la guerra legalizada. Por
desgracia, las guerras no se han podido extinguir hasta ahora; es más; se
gastan en armamentos millones de dólares por minuto; en tanto que más de un
tercio de la población del mundo padece de subalimentación
y hasta hambre.
Y hablando del complejo
“guerra-hambre”, se me viene a la memoria la maldita ocasión de haber sido
testigo ocular de la inaudita maldad de cierta gente, inficionada –supongo- de
una perversidad innata. Véase el caso: posiblemente, por imperiosa necesidad de
la biología inherente de todo organismo crónicamente carente de vitaminas, unos
prisioneros caídos en Campo Vía, que iban rumbo a su lugar de aposentamiento
(en las afueras de Paraguari), se afanaban en comer toda sustancia verdeante
que hallasen en su camino. Pues, sucedió que un misántropo pueblerino, enemigo
inconfeso de la especie, intencionalmente lanzó su media sandía vacía que
acababa de comerse, sobre una enorme bosta de vaca, amplia y suculenta…y, ¡para
qué lo hiciera! (sino para darse el gustazo de burlarse de aquellos
andrajosos); pués, todos en tropel se tiraron con
vehemencia encima del bote de sandía que nadaba en la mierda; se lo repartieron
en trozos conforme a sus fuerzas o su viveza; y lo peor, se lo comieron con
bosta y todo.
Cambiando de tema,
supongo que habrá de interesarles cómo me salvé de la muerte; más
concretamente, del fusilamiento a que fuera condenado por desobediencia a la
autoridad de mis superiores inmediatos (desobediencia en pleno tiempo de
guerra); y, supongo, también, que querrán saber cómo me libré del estallido de
mi propio cráneo a consecuencias de un golpazo, mientras iba a mi destino al
frente de lucha, exactamente, al hospital frontal del Primer Cuerpo de
Ejército; y, quizás les interese saber con qué gusto comía los galletones cuarteleros, perforados y canalizados por
dédalos interiores, repletos de polillas…y…tantas experiencias más vividas en
plena juventud. Finalmente, les hago saber, no sin cierto orgullo, que yo tuve
la gran satisfacción de recorrer el famoso camino “Lóbrego”, de la selva
chaqueña; y, también, sufrí el tormento de sentirme acosado por un avión bolí en una ocasión en que regresaba, a cielo descubierto,
a mi carpa de descanso, orillando el camino principal en veloz carrera, y aquel
sabandija tiroteándome a mansalva por el mero gusto de matarme. ¡Vaya, raza de caínes ésta de los Hombres!. Pero,
confieso que el susto me lo merecía, por torpe, o por idiota.
Todas éstas, y otras
muchas vicisitudes les contaré si me siguen con atención, en la
páginas venideras.
Sinceramente, aquí habría
terminado con las preliminares; pero, mi conciencia me dicta que debo
manifestar públicamente mi gratitud a la patria; pues, de no haber mediado ese
liadísimo y bello oficio de “soldadito de la patria”, me habrían metido entre
rejas, por inconducta, a pesar de mi palmaria
inocencia. Yo dormía aquella noche profundamente, con el cansancio de dos años
de servicios de guerra. Dormía como si estuviera muerto, o remuerto
y medio. Y sin embargo, se me acusaba de haber cometido esa noche un intento de
violación. Cosas veredes, Sancho; decíale
el Quijote.
Y ahora sí, doy por
terminado el capítulo liminar de esta novela, que narra mis pequeños grandes
recuerdos de la Guerra del Chaco.
***
Más que narrárselo,
preferiría que me acompañaran a todas partes donde he estado al servicio de una
causa grande; porque narrar (como quien dice “pretender hacerles entrar por los
oídos lo que vieron mis ojos, lo que gozó y sufrió mi espíritu o mi carne, los
dramas pequeños y grandes que pude captar, palpar y sentir en todos y cada uno
de los lugares de destino”)… bueno, esa no es una cualidad de la cual me pueda
sentir orgulloso. En cambio, si Ustedes me acompañan a todas partes, desde el
comienzo hasta el fin, quizás pueda demostrarles que en mí hallarán un buen
cicerone, porque tengo unas tremendas ganas de mostrárselo todito, y de hacérselo
saber todito.
El problema, para mi
buen éxito, residirá en que si Ustedes me acompañan, así lisa y llanamente, de
ojos para afuera; o si me acompañan de corazón. Porque se sabe que no existe
goce verdadero sin la participación del alma; lo que se ve, se siente y se
palpa resulta sólo hojarasca si no llega al corazón.
Corazón con corazón
¡adelante!
En este viaje entre
amigos; y si no entre amigos, cuando menos entre personas que se respetan y
estiman mutuamente, se impone una condición “sine qua non”, que consiste en la
imperiosa obligación de despojarse de toda quisquillosidad política y todo
fanatismo partidario, porque cuanto se dirá, oirá y verá en este largo periplo
se halla signado, única y exclusivamente, por el ideal supremo de servir a la
grandeza de nuestra nación, tan querida por todos nosotros.
Palabras o expresiones
que pudieran afectar a personas hipersensibles, son nacidas, en esencia, al
calor de un solo sentimiento: el amor a la patria. A ellas, perdón por si
acaso…Yo sigo mi camino.
La convivencia social
humana, no es sino el resultado de generosas concesiones de todos y cada uno de
sus convivientes.
Nada de lo que aquí se
dice medra a la sombra de protervas intenciones; antes bien, todo es limpio,
transparente, y diáfano como el cristal de roca