Colección de Cuentos
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PANAMBÍ

PANAMBÍ

            Un fiero golpe fustigó el cerebro lastimado de Yvy-yara. Fue el último rebencazo percibido por su sensorio ya laxo y relajado, aun cuando el tormento proseguía despiadadamente. Después… la nada, el vacío; y luego, un mundo esotérico que le descubre el panorama de las reminiscencias ancestrales: las escenas del idilio histórico; el amor prístino al que correspondería la insigne gloria de engendrar una nueva estirpe. Estirpe de la cual era él Yvy-yara, su primer brote.

            Todo pasó en su febriciante cerebro con la nitidez de un film.

            Toldos indígenas diseminados en la ribera pintoresca del Cará-cará.

            Corren rumorosas sus aguas yendo a engrosar agitadamente la corriente del río Paraguay. Unas sesenta familias pueblan la orilla.

            Es noche de plenilunio; la luz se infiltra pujante entre el ramaje y alumbra con brillo la toldería.

            Una hamaca está tendida entre dos árboles, cerca del toldo del cacique. Meciéndose en ella el jefe de la tribu entra en somnolencia.

            La india adolescente, poseída por el hechizo de una jubilosa luna llena y excitada su sensibilidad por la efervescencia de la sangre moza, se entretiene danzando en aquella memorable noche de agosto de 1537. La danza que tejen sus pies, manos y tronco es como un canto al amor. Panambí es el nombre romántico y simpático que el tosco caudillo había dado a la niña montaraz.

            Panambí cesa de danzar y se entrega al canto, desgranando con arrobamiento el dulce acento de las melodías guaraníes. De pronto calla, un tanto sobrecogida. Algo inesperado y sorprendente sucede; corre junto a su padre deseosa de saber, de informarse acerca de aquello que la tiene en suspenso.

            -¿Papá, duermes?

            -No, Panambí.  

            De este modo habría tenido comienzo un diálogo, perdido en el ánfora sutil de los siglos, en los rumorosos ámbitos de la selva milenaria; diálogo de extraordinaria trascendencia histórica por sus alcances y proyecciones, así como por los radicales cambios que determinaría en la vida de este pacífico pueblo indígena enclavado en el corazón del continente sudamericano.

            -¿Por qué has dejado de mecerte, papá?

            -Percibo ruidos extraños. ¿Serán los bajeles de los extranjeros que regresan?

            Yacy nos ha mostrado su brillante faz repetidamente desde que pasaron aguas arriba, la última vez… Ayolas hace catorce lunas y Alejo García más de doce inviernos.

            -Presiento que algún suceso extraordinario se avecina; me lo dice el corazón. El gozo me invade impetuosamente llenando todo mi ser. Me parece que cuanto me rodea irradia un mundo de felicidad: el hogar, la toldería, los campos, nuestro valle, todo… incluso los regatos que por ahí existen.

            -Vives la edad del amor, Panambí, hija mía; eres como un delicado capullo silvestre mirando al cielo, pleno de vehemencias. Ese estado particularísimo del alma te ha predispuesto para atribuir al extraño ruido felices augurios, ensueños maravillosos. A tu edad la imaginación se enciende de vivos colores al menor estímulo; cuanto sucede a nuestro derredor subyuga con singular encanto, y más aún cuando la luna brilla hermosísima como en esta noche.

            Un tercer personaje, el macizo vástago del cacique, tercia en la conversación transformando la romanza del diálogo en una suerte de consejo de familia. Así fue en efecto, ya que se discurrió y discutió el destino de una raza y de una tierra, de esa tierra guaraní poblada por hombres adustos, curtidos por la agresividad de la selva y dulcificados por la acogedora y umbría vegetación.

            -Papá, los blancos regresan. Tú recordarás que no hace mucho los vimos remontar el río.

            -¡Segurísimo estoy de que vienen hasta estas playas deseosos de apropiárselas! ¡Preparémonos para la guerra; defendamos lo que es nuestro!

            -¡No, hermano; no los acuses así apresuradamente! No es nuestra costumbre de nuestra raza matar sin que medie imperiosa necesidad.

            -Los guaraníes somos valientes; nuestros músculos son, a la vez, duros como el pedernal y elásticos como el zumo del mangaisy (planta que resume un líquido pegajoso); y nuestra voluntad es tenaz como el yaguareté (tigre del monte o jaguar). Por eso defenderemos lo nuestro: la tierra, los montes, el río, el cielo, las mujeres y todo aquello que es patrimonio de los guaraníes.

            -De sobra lo sabemos todos los de nuestra raza; pero con los blancos tenemos la obligación de ser nobles y generosos… además, no vienen para guerrear, estoy segura de ello.

            -La hospitalidad guaraní es legendaria, hijo mío, y no seremos nosotros, los descendientes directos del Gran Cacique, quienes tengamos que desmentirla. La avenida y la nobleza corren juntas en nuestras venas y viven juntas en nuestra sangre para alimentar, juntas, nuestra alma.

            Güyrá- (pájaro negro), vete en su busca y condúcelos acá. Diles que el cacique tendrá inmenso placer en proporcionarles hospitalidad.

            -Respeto tu voluntad , papá; y me dispongo a obedecerla. Iré en el chinchorro inmediatamente a su encuentro y remaré con toda mi fuerza y traeré a los blancos a tu presencia.

            -Hermano, di también a los blancos que los guaraníes somos pacíficos, y que amamos a nuestros semejantes porque en nuestros dominios la naturaleza es como un himno de vida.

            Una vez más sopesó en el destino de la raza el respeto a los mayores y el gran corazón del indio noble y bueno.

            El cacique volvió a hundir la cabeza en la hamaca y a mecerse, quedando, a poco, dormido.

            La adolescente indiecita, en cambio, estaba insomne, viviendo el ritmo de vida que la edad le imprimía. Trató de reanudar el diálogo trunco que había tenido con su padre.

            -¿Decías, papá, que a mi edad todo sabe a miel?

            Fallido intento; el cacique había transpuesto el limen del sueño. Se había dormido, indiferente a la proximidad del fausto acontecimiento.

            El indio guaraní no se conmueve tan fácilmente; es indolente por naturaleza, a tal extremo que mira derrumbarse el techo de su vivienda con ojo de filósofo. Sólo el peligro inminente es capaz de sacudirlo de su desidia innata.

            La doncella suspira excitada, entrecortando su agitado aliento una voz interior que, cual augur, le susurra extrañas profecías: “llegará, llegará con la alborada… sí, llegará, llegará…” Luego, se acurruca sobre la gramínea, se acuesta y… se duerme.

            La luna ha ido perdiendo su resplandor; y la aurora del nuevo día no tarda en despuntar.

            La brisa sopla acariciando con esa suavidad tan suya en los amaneceres asuncenos; los pajarillos cantan por doquier en la madrugada, y el cacique y Panambí despiertan, se desperezan.

            Panambí es quien pone la nota espiritual más bella en la tibia mañanita del 15 de agosto de 1537; con el trino de su voz y la inocencia de su alma.

            -¡Cuántas cosas hermosísimas he soñado! Sentíme como transportada en alas de una mariposa celestial.

            Misterioso fenómeno el sueño, ¿verdad, papá? Lástima que al despegar los párpados la ilusión se desvanezca como arrancada de cuajo.

            -¿Tan bello era? Dudo que pueda compararse con el hechizo de tu hermosura, Panambí.

            -¿No me mientes? ¿Dónde  podría mirar mis propias facciones, papá?

            -En las aguas del río durante las horas de la siesta, cuando la mansedumbre se apodera de la naturaleza, silenciada y aquietada por la soberana fuerza de Tupá. Precisamente, en las horas en que Yacy-yateré juguetea traviesamente.

            -Es verdad, papá; nunca lo había pensado. Esta misma tarde a la hora del silencio, me iré a orillas del río y me miraré en sus límpidas aguas y sabré si mi hermosura es tanta.

            Gürá- está de regreso y es portador de noticias seductoras.

            -Papá, el jefe de los blancos me ha dicho que ellos vienen animados de pacíficos propósitos; que desean convivir en armonía con los nuestro; que nos enseñarán sus artes y tratarán de inculcarnos la fe en su Dios.

            Panambí es presa de emoción al oír las buenas nuevas; no habrá guerra con los blancos; vivirán en armonía. E, precisamente, lo que había soñado, y así lo expresó de inmediato, con candor de niña inocente.

            -Anoche vi en mi sueño a uno de los blancos, que me decía con fraternal acento “te esperaba Panambí”. ¿Me das permiso para allegarme hasta ellos, papá?

            Tercian los celos del hombre en la ronca voz de Güyrá-.

            -¡No, de ninguna manera! Espera aquí.

            -Hasta que no den pruebas fehaciente de su amistad sincera tendremos que ser cautos, Panambí. No sea que sorprendan nuestra buena fe con simples promesas.

            -Güyrá-, diles que el cacique acepta complacido sus propósitos de convivencia fraternal.

            Güyrá- retorna al barranco en carácter de embajador de la amistad guaraní. En el ínterin, el cacique se dispone a transmitir la novedad a los miembros de la tribu; y a tal efecto, hace sonar el turú (cuerno sonoro, vocablo onomatopéyico).

            Un tropel de indios forma un semicírculo alrededor del jefe de la tribu en espera de informaciones. El cacique pronuncia una arenga.

            -Extranjeros que proceden de lejanas regiones del lado aquel por donde se levanta todas las mañanas la bella arasy (alba o sea “madre del día”) han desembarcado en estos contornos; y al propio tiempo nos han transmitidfo sus deseos de convivir con nosotros en paz y concordia. He ordenado a Güyrá- que los traiga a nuestra presencia.

            Nuestra tribu no debe mostrarse hostil con ellos. Nos enseñarán los adelantos de su civilización y nos guiarán en los preceptos de su religión, que es amor.

            Recibámoslos con nuestra habitual cordialidad y démosles generosa hospitalidad.

            Voces guturales de aceptación y contento hacen escapar de sus gargantas los indios, percibiéndose mejor que ninguna la palabra rogüy-á (estamos felices o hay alegría), en coro. De inmediato, dan comienzo a una de sus típicas fiestas, algazara estrepitosa y general.

            Suena música indígena; Panambí sale a danzar en el espacioso círculo formado a su alrededor.

            Llega Güyrá- con la caravana de españoles, todos en actitud cordial. La música acentúa las notas y la danzarina derrocha mayor gracia y destreza al divisarlos.

            Entre los recién llegados se encuentra un gallardo joven, visiblemente embelesado, cuyos ojos emiten rayos con fulgores de pasión sobre el cuerpo zigzagueante de Panambí. Ésta se apercibe del profundo efecto que le ha causado, y su danza adquiere mayor frenesí.

            El cacique, anfitrión amabilísimo, recibe a los españoles abriéndoles su pecho generoso y ofreciéndoles la despensa guaraní, que la tenían como una colmena.

            -Bienvenidos seáis, extranjeros que venís de remotos confines. En esta tierra no os faltará mandioca, zapallo, batata, maíz, maní, tabaco, miel ni frutas con que satisfacer vuestro apetito. Tampoco os ha de faltar la paz y la tranquilidad que ambicionáis. Nada tenéis que temer de nosotros; somos gente pacífica que vivimos de la caza, la pesca y la labranza. Acomodaos de la mejor manera, y a tal efecto, contaréis con la colaboración de toda la tribu.

            Estas palabras de bienvenida iban dirigidas al capitán Juan de Salazar y Espinoza, comandante de la flotilla expedicionaria española.

            El heroico capitán, noble de cuna y  genio, venía de regreso del puerto de Candelaria, adonde había llegado para recoger datos fidedignos acerca de la desaparición del gran Juan de Ayolas.

            De paso hacia el norte, Salazar reparó en el paraíso terrenal que era la heredad del cacique Cará-cará. Con certera visión se hizo la promesa de fundar un fuerte ahí, en la tierras regadas por el riacho del mismo nombre; y ahora, ya estaba al filo del minuto histórico: venía a realizar su proyecto.    

             
 
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