BETO Y LA NIÑERITA
CAMPESINA
EDUARDO SAMMAT
1ra. Edición: 1969
Talleres Gráficos La Colmena S.A. Asunción-Paraguay
2da. Edición: 2003
Bianchi editores. Montevideo Uruguay
Ediçoes Pilar. Brasilia-DF-Brasil.
Cuento radioteatralizado por la emisora SODRE
(Servicio Oficial de Radiodifusión
Eléctrica)
Montevideo – Uruguay
En los
tiempos que corren los chicos nacen despiertos –había dicho Sor Inés, la
hermana de Caridad a cuyo cargo estaba el cuidado de los recién nacidos en el
Sanatorio. Después de una breve pausa, mientras prodigaba sus atenciones al
nuevo bebé, prosiguió diciendo a la madre del mismo “…éste le traerá muchos
dolores de cabeza porque es más despierto que ninguno de los que han pasado por
mis manos; verá usted señora”.
Pasaron
los días y Beto, que así llamóse
familiarmente aquel bebé, para no desmentir el pronóstico de Sor Inés, demostró
ser un picarón como no había otro.
A los
dieciocho meses, Beto recorría solito todos los
cuartos de su enorme mansión; jugueteaba en el extenso patio; subía y bajaba
con sus piernitas rosadas las gradas de la escalinata que conducía al portón de
calle; arrimábase imprudentemente al brocal del pozo
intentando escalarlo; en ocasiones hundía la puntita de sus deditos en los
orificios de los enchufes eléctricos y cientos más de inocentes travesuras.
Pero, sus
diabluras no se limitaban a mostrarlo como un ágil andarín; sino también, y
esto era lo peor, lo incitaban a poner las manitas en cuanto objeto hallábase a su alcance y ¡zas! rompíalos.
La
madrecita de Beto no sabía que hacer para evitar
tantos perjuicios; y más que nada, para ahorrarle algún desgraciado accidente.
A ella le era absolutamente imposible seguir los pasitos de Beto,
adondequiera que su inquieta cabecita lo empujara, pues, corrían a su cargo los
quehaceres domésticos. Además, tenía el hábito de criar y educar a sus hijos
personalmente, porque pretendía modelarlos según las normas de las buenas
costumbres de su hogar. Una persona extraña –decíase
a sí misma- no podrá orientar el desarrollo de un almita sino a su imagen; y yo
quiero que mis hijos sean como yo. Pero, la fuerza de las circunstancias le
obligaron a cambiar de parecer, contra su propia voluntad; y fue así que un día
preguntó al papá: ¿querrías que una niñerita cuidara al chico en sus andanzas?
La
niñerita que le tocó en suerte tenía, a la sazón, unos diez años y un
corazoncito de oro, puesto que se pasaba los días con Beto,
yendo y viniendo, siempre a su lado, como un ángel custodio.
Había
venido a la ciudad no se sabe guiada por qué conjunción de factores. La verdad
es que procedía de una región encajada en la profundidad de la selva, donde no
llegó jamás el abecedario; pero, felizmente, su alma virgen era como un jardín
de virtudes, sobresaliendo por sobre todas ellas un acendrado cariño por los
pequeñuelos. Era, diríase, una madrecita en potencia,
pura, amorosa y con un elevado sentido del sacrificio.
La vida
se deslizaba feliz en el hogar de Beto. La inquieta
movilidad del pequeño ya no producía desazón el ánimo de nadie. La madre, que
era quien más había padecido en días precedentes, ahora sentíase
libre de temores.
La
niñerita campesina había comenzado a desparramar el bálsamo tranquilizador,
prodigando sus infantiles cuidados al niño.
Beto era más feliz que ninguno; pues, su espíritu inquieto
halló camino, ya que desde entonces no se oyó más la voz cariñosamente
censuradora de la madre, diciéndole: ¡No, no, por favor, no hagas eso, Beto de mi alma!
Beto ya no era un chico diablo, sino un diablo chico.
Es tiempo
de decir que la niñerita campesina se llamaba Tima.
La
ternura de Tima hacia Beto iba en aumento con el
correr del tiempo. No de otro modo podía suceder; pues, su natural bondad,
unida a la constante convivencia con el nene fueron poderosas razones.
No se
piense que Beto dejó de ser, en ningún momento, un
compañerito de juego para Tima. En efecto, él comprendía la finalidad de los
entretenimientos que ella le proporcionaba; y de esta manera retribuía el chico
con alegría. En menos palabras, existía entre ambos una mutua comprensión, tan
profunda como inocente.
La madre
de Beto no tardó en proyectar ilusorios planes para
el futuro: haría de Tima una criada instruida y educada, enseñándole a leer,
escribir y cultivar su espíritu. Poco tardó para que la buena señora se diera
cuenta de que sus esfuerzos no serían vanos: la niña aprendió a deletrear en un
par de meses.
Nada mas halagüeño se mostraba el porvenir para estos tres
simpáticos personajes: Tima, Beto y su madre.
Seis
meses habían transcurrido, que fueron como seis meses de vivir en la gloria. No
existían barruntos de que nada ni nadie pudiese
quebrar esta felicidad. La vida se deslizaba dulce y sencilla, al decir de un
gran poeta.
Pero, he
aquí que cuando parecían consolidarse definitivamente los lazos espirituales entre
Tima, Beto y su madre, ocurrió lo imprevisto; y el
paraíso terrenal creado en la mansión se quebró como un frágil cristal. Había
entrado en juego la voz atávica por el terruño, súbitamente; y Tima sintió un
deseo vehemente, incontenible, de volver a su “valle”. Mas, se cuidó muy bien
de transmitir a nadie el fuego que la consumía. La añoranza era, por momentos,
más fuerte que el cariño por Beto.
Tima fugóse, sigilosamente, una siesta; mientras Beto dormía profundamente, sonrosado el rostro como un angelito.
Preparó apresuradamente su avío y fuese. Fuese dispuesta a no regresar más. El
recuerdo de su casita de barro y techo de paja, su patio campesino, las flores
silvestres, los árboles, el monte, los animales domésticos y los pájaros le
habían herido de muerte. Prefería, evidentemente, la vida rústica lugareña al
progreso se la ciudad. Prefería el agua del Ycuá (surgente)
que extraía con una latita atada a un piolín de ysypó
(liana), al agua fría de la refrigeradora; prefería el macilento y lánguido cocido
hervido con el fuego de unos cuantos palos secos chisporroteando, al café con
leche preparado en la cocina a gas; prefería el cantar invariable de los
pajarillos a la infinita posibilidad musical de la radio; prefería andar con
los pies desnudos y sucios pisando arena, pasto, pedregullo y boñiga al
calzado, medias y pies limpios; prefería la carreta al automóvil.
En suma,
prefería todo aquello que es inherente al campo y más que el campo, lo que era
propio de su terruño.
Nosotros,
los habitantes autóctonos de la ciudad, nunca sabremos valorar suficientemente
esos factores ponderables e imponderables de la comarca natal, y por qué tienen
tanta fuerza de atracción en el alma del campesino.
En fin,
Tima se fue sin ser vista, ni oída. Solamente Beto
vio en su sueño cómo Tima se aprestaba para huir, e inclusive, la vio
transponer el umbral del portón de calle. Se le oyó decir excitado, mientras
dormía, esta frase llena de pesar. ¿Tima, Tima, adónde te vas?
Y luego,
sin esperanzas ya de retenerla gritó:
-¡Tima!
¡Tima; no te vayas!
El nene
siguió durmiendo la siesta.
La madre
había dicho: está soñando travesuras en compañía de su inseparable niñerita.
Llegada
la siesta a su fin y Beto ya despierto, según era su
costumbre llamó a Tima; mas, ¡oh, infelicidad!, Tima
no apareció.
Callóse Beto reconociendo que su
sueño se había convertido en realidad. La huida de Tima era un hecho consumado.
Beto, desde aquel día no habló más; de dicharachero, volvióse reticente; de vivaz, tornóse
apático. Ya no le gustaba vagar por el jardín; no le atraían el juego, ni los
juguetes; no deseaba corretear, ni retozar en el amplio patio de su casa. No
apetecía ni los más deliciosos manjares y detestaba toda clase de comidas.
Comenzó Beto a enfermar. Enfermole
el cariño inmenso, entrañable que sentía por Tima.
A decir
verdad, nadie había sabido comprenderlo tan íntimamente como su niñerita
campesina. Ella estaba a su lado apenas abría los ojos al amanecer; le lavaba
la carita, le vestía, le acompañaba en el desayuno, jugaban juntos; le bañaba y
le mecía antes de acostarlo a dormir. Se había creado, de tanto estar, juntos,
el lazo espiritual del compañerismo.
Transcurrieron
los días y Beto, gracias al amor maternal, que es el
más poderoso nexo espiritual existente entre los seres vivientes, recuperóse de su mal. Parecía haber cesado definitiva y
totalmente la borrasca que azotó su tierno corazón; volvió a ser lo que fue: un
diablillo andariego y parlanchín.
Mas, un
día oyóse el sonar del timbre del portón de calle; y Beto, dando señales de una alegría sin precedentes, dirigió
a su madre estas palabras, que eran la expresión de un firme presentimiento:
“Mamá, viene Tima”.
Corrió
presuroso hacia la larga escalinata que conduce al portón, y con la inmensa
emoción que le embargaba, mientras descendía las gradas desordenadamente, sin
medir sus pasos, decía a la recién llegada, con una inocencia infinita:
“¿Adónde te fuiste, Tima?...¿Adónde te fuiste, te
digo?
Tima, que
preveía la posibilidad de un traspié y las consecuencias desagradables de un
accidente rodando desde gran altura, presa de inquietud, sólo atinaba a
responder en tono imperativo, si bien con lágrimas en los ojos:
-¡Quieto
ahí, Beto; quieto, si no me voy otra vez!
-¡No, no
te vayas, Tima; ya me quedo! ¡Ya me quedo, te digo!
La madre
de Beto, que ya estaba en el borde de la escalinata,
observando la tierna escena de la cual eran protagonistas ambos niños, rompió a
llorar silenciosamente. Luego, dirigió a Tima esta pregunta que, a la vez, era
un ruego:
-¿Vienes
a quedarte con nosotros, Tima?
Con un
solcito de amor en sus ojitos y un candor en la voz, ésta respondióle:
-Me fui
un ratito para verla a mi mamita; y ya estoy de vuelta otra vez, señora.
Tima no
había podido resistir por más largo tiempo la vida campesina sola, sin el
afecto de su compañerito de todos los días. El tierno cariño de Beto la obligó a volver, porque Tima sentía ternura de
madrecita por aquel chiquillo travieso.
Es que
nunca la pobre Tima había tenido en su misérrimo rancho una muñeca a quien prodigar
los sentimientos de mamita, que esconden todas las niñas. Para ella, Beto hacía las veces de la tan ansiada muñeca, y en él
volcó el manantial de su amor sencillo, infantil, puro.
Tima
entró y en dos largos pasos se lanzó hasta donde le esperaba Beto; alzólo upa
y, de inmediato, tuvo lugar una efusión de emociones indescriptible entre ambos
niños.
La madre,
entretanto, se enjugaba los ojos anegados en lágrimas.