Hola
italiaparatodos:
Aunque me tomó de
sorpresa el descubrimiento de ésta pagina, quiero, por
de pronto, no dejar pasar la oportunidad que me dan, para rememorar algunos
hechos muy puntuales.
Soy nieto de inmigrantes italianos, viví durante mi niñez y
adolescencia en un barrio cercano al centro de Asunción. Recuerdo vívidamente
que entre las manzanas comprendidas por las calles Pte. Franco, Colón, 7ma
proyectada y Ntra. Sra. de la
Asunción, vivían y / o tenían sus negocios, varias familias
amigas de mis abuelos y padres; entre ellas estaban: Trovato, Gulino,
Gianninoto, Tumino, Tessari, Palumbo, Saco, Ruggero,y
otras más que en este mismo instante no recuerdo muy bien.
En fin paso a rememorar lo
siguiente:
-Todos los domingos, hasta que enfermó mi padre, la
familia, sí o sí, iba al Cementerio Italiano a visitar a los abuelos, y por
supuesto a limpiar las lápidas de los nichos.
-Antes de ir del Cementerio, muy temprano, mamá y mis tías
preparaban a mano los fideos y los ñoquis, y los colocaban sobre un catre de
lona para secarlos. A la vuelta del Camposanto, se preparaban las salsas, y con
gran algarabía comíamos todos juntos.
-Entre risas y chanzas mi padre recordaba, que el tío
“Bartolo” cada tarde caminaba con los Trovato por todo lo largo de la calle
Montevideo hasta el centro, una y otra vez. Lo simpático del grupo era, que
todo el vecindario salía a mirarlos porque hablaban y discutían en voz alta,
gesticulando, como si fuera que estaban peleando, y al final se despedían con
un abrazo y se iban cada uno a su casa.
-Otro hecho que siempre que lo recuerdo me hace sonreír,
era el que contaba el señor Palmieri: éste, llegada la siesta, cuando don
Palumbo se disponía a dormir, iba hasta la vivienda y golpeaba con los puños la
cortina metálica, hecha por el Sr. Genaro Caló, pillería que ponía tan furioso
a don Palumbo, que salía rápidamente en busca de Palmieri, pero siempre tarde
para encararlo, gritando “si te agarro verás, Palmerda de la bachacleta” (si te
agarro verás Palmieri de mierda de la Bicicleta).
Felicidades por la página
Espero que alguien me siga con los recuerdos.
Parece que con el amigo Mascheroni somos de la misma edad,
porque yo recuerdo también las tallarinadas familiares de los domingos, y cómo
nos peleábamos entre todos los hermanos y primos para conseguir que mamá y las
tías nos dieran tenedores y nos permitieran hacer deslizar los bollitos de masa
para hacer los gnoquis. No teníamos nada de lo que hoy existe, pero qué días
felices pasamos.
Muy Buena la idea de la página.
Saludos
PUENTES COLGANTES DE
LOS SALTOS DEL GUAIRÁ.
Los puentes colgantes, hechos de tablas de madera, unidas
unas a otras y a los pasamanos, por cables de acero, tenían muchos años de vida.
Sólo se podían acceder a ellos, por el lado brasilero; desde el Paraguay no
había forma de recorrer los majestuosos Saltos del Guairá o Sete Quedas (para
el Brasil). Algunos tenían aproximadamente 5 a 7 metros de largo, pero otros, los más,
fácilmente superaban los 20
metros. Era la única manera de atravesar los profundos cañones -sin dudar algunos con más de 25 metros de altura- que
recorrían a todo lo ancho del terreno rocoso; vasta superficie que creo yo, a
ojo de buen cubero, era superior al kilómetro.
Lo cierto
y lo concreto del relato es que como había dicho, los puentes tenían muchos
años de vida, pero poco tiempo para morir; razón por la que las autoridades
encargadas del turismo, negligentemente ya no los mantenían en forma. Esta
circunstancia, poco tiempo después de que yo lo visitara (por segunda vez) y
tomara las fotos que se exponen en la galería, uno de los puentes cedió, y
produjo la muerte lamentable de varios turistas.
MI PRIMER VIAJE A LOS
SALTOS DEL GUAIRÁ
Un día de
junio de 1978, un colega y yo, recibimos la orden urgente de trasladarnos hasta
la ciudad de Saltos del Guairá, con la finalidad de atender un problema de
nuestra especialidad. Nos dijeron que retiráramos el vehículo, que fuera recién
reparado, del taller, y que emprendiéramos viaje esa misma noche. A las 21:30
estábamos viajando, fuera de nuestro gusto, en un vetusto “rastrojero diesel”,
aquellos vehículos pesadísimos, sin dirección hidráulica, fabricados por las
FFAA argentinas. A la una y tanto de la madrugada, en pleno desolado e
intransitado camino, si así se lo pudiera llamar al conjunto de duros
peñascales y profundos arenales que atravesaba la tupida selva, se salió una de
las ruedas y fue a parar dentro del matorral. Después de mirarnos y sin
enojarnos, pues éramos muy jóvenes, bajamos en busca de la misma; ni bien
pusimos pié en tierra, un largo reptil cruzó por medio del círculo iluminado
por nuestra linterna de tres pilas, motivo por el cual nos metimos de nuevo a
la camioneta y decidimos quedarnos dentro hasta que amaneciera, ya que sabíamos
muy bien que por allí, en ese entonces, no pasaba ni un alma. Después de dos
horas, nos sorprendió un alma; era un intrépido chofer de un camión tanque de la Shell que iba rumbo a
Coronel Oviedo. Por las dudas y como era costumbre, en ese momento recién nos
enteramos, el camionero paró a unos cien metros de donde estábamos y sin apagar
las luces altas, con un reflector nos dió de lleno en la cara. Después de
largos minutos y de muchas preguntas y respuestas a los gritos, se convenció de
que no éramos bandoleros, y a pesar de ello se acercó tímidamente, pistola en
mano, con su acompañante.
Cuando se
dieron cuenta de que la rueda había salido con el tambor de freno a cuestas, y
que no había solución, nos dejó una docena de galletas, una lata de leche
condensada, y un consejo: no salgan de la cabina, y si escuchan maullidos,
menos aún, porque no son gatos sino yaguaretés (una especie de tigre
americano). A la hora ya habíamos devorado las galletas y la leche condensada,
y a las dos de la tarde estábamos “muertos” de sed. A las cuatro pasó un camión
militar y nos remolcó hasta la unidad de la zona; allí repararon nuestro
vehículo y seguimos camino con las provisiones que nos facilitaron. A las siete
de la noche, con precaución y con los músculos de la espalda y los brazos
doloridos, paramos para desagotar la vejiga; al terminar la operación, dejamos
de hablar sin saber porqué; en ese instante bajo un cielo lleno de estrellas
sentimos como un levísimo temblor en los pies y una especie de rugido continuo
y distante. Habíamos llegado a treinta
kilómetros de los Saltos del Guairá.
Terminado nuestro trabajo decidimos hacer una visita a los
casi míticos, para nosotros, Saltos del Guairá. Pedimos información de cómo
llegar a ellos, y un empleado nos dijo que nos llevaría hasta el sitio adecuado
(en esos términos). Subimos al vehículo, y en unos minutos llegamos a orillas
del río Paraná. Nos compró los boletos, nos despidió con un “buen viaje” y con
“recuerden que éste puerto es brasilero”. En un principio me costó entender,
¿cómo sin cruzar ningún río, estábamos en el lado brasilero? Era así nomás, nos
encontrábamos en Mundo Novo o Novo Mundo, no recuerdo muy bien, y debíamos
cruzar a la otra orilla, a la ciudad de Guaira para de allí encaminarnos hacia
los Saltos. En fin, cuando estábamos a mitad del río en una desvencijada
lancha, que cruzaba rutinariamente varias veces al día, transportado pasajeros
y mercadería, recién caímos en cuenta de lo peligroso que era el cruce; el
ancho del río en esa zona tenía sus buenos 8 kilómetros, según un
soldadito del ejército brasilero que también hacía la travesía normalmente.
Miré mi reloj, y me di cuenta que llevábamos ya treinta minutos navegando, y
todavía faltaba para llegar al puerto de Guaira; impaciente, pero en tono
jocoso, le dije a mi colega: parece que el motor de la lancha está trabajando a
ritmo forzado, veremos si llegamos a tiempo. Ni corto ni perezoso
inmediatamente me respondió: vení y mirá a la derecha. ¿Ves esa neblina allá?
Allí está el despeñadero de toda esta agua; así que será mejor que lleguemos a
cualquier hora, pero que lleguemos. El amigo tenía razón, como yo no estaba
cerca de la borda, no me había dado cuenta de la velocidad sorprendente de la corriente
del río, ni de la sensacional nube de rocío que se levantaba no muy lejos de
nuestro transporte.
Pensé, con esta vez basta, pero luego de
recorrer los extraordinarios saltos, quedé, no sé como expresarlo, y al año
siguiente volví encantado.
RELATOS DEL PARAGUAY
ANA MARÍA RIVAROLA MATTO.
RELATOS
TATAYPY
Así se llama nuestro fogón
tradicional, a ese que está en el suelo generalmente con su buen “tata´y”
(grueso tronco que mantiene el fuego, cuyo nombre querría decir, “manantial del
fuego”).
El “tata´y” o los “tata´y” son de
alguna madera buena para mantener el fuego, ya que un buen “tataypy” no se
apaga nunca. Por la madrugada se lo
atiza, se ponen pequeñas astillas y encima, las leñas para encender el
fuego. Por costumbre, a la noche se lo
cubre con ceniza para que ésta guarde el fuego y en cualquier caso, no sea un
peligro.
En los yerbales y en los obrajes,
donde generalmente no había mujeres, se acostumbra tener tres enormes tataý en
los tataypy de los ranchos. Incluso éstos
tenían nombre de mujer, podrían estar juntas armoniosamente Blanca, Clara y
Serapia.
Los hombres, al levantarse,
retiraban la ceniza que cubría a estos leños y encendían el fuego para tomar
una larga mateada. Luego al que le
tocaba “el rancho” (hacer la comida) colgaba su olla en el gancho que pendía de
la cadena con el locro o el “Sapporo” (poroto con carne) que quedaría al amor
de estas damas hasta que regresara del monte la peonada. La comida estaría a punto cocida, y sin
quemaduras, pues estos sabios tata´y la cocinaban sin apuro, retirándose
lentamente, como el andar de estos hombres con días largos siempre iguales.
De estos tataypy estamos
llenos. Aún no han perdido su vigencia y
hay muchas comidas que sólo en estos rústicos fogones pueden ser cocidas. Para hacer el “caburé” o “chipa asador” y los
huevos cocidos al rescoldo es necesario un tataypy. Un rico “lorito mbichy” (loro ensartado en un
palo) no podría girar sobre un fogón alto.
¡Qué plato más rico que un “ñandai” (tipo de loro muy maicero, verde, de
cabeza negra, terror de los chacareros) asado lentamente durante la mateada,
pagando sus culpas como la
Inquisición!.
EL
NACO
El
“naquear” o mascar tabaco negro es una costumbre muy difundida en nuestro
pueblo. Tanto varones como mujeres son
adictos a ella.
El tabaco
negro o torcido se obtiene de las hojas pequeñas, es decir las que están más
abajo, en la planta. Se las saca semi
mustias y se las va torciendo unas con otras después de haberlas remojado un
poco. En el remojado hay varias “recetas”. El común es con agua, pero, como en todas las
cosas, hay torcidas sumamente refinadas –llamémoslas exquisiteces- en materia
de nacos. Usos de ricas señoronas o
señores muy delicados, “ileiva” (que tienen ley) en sus vicios. Estos “viciantes”, en el idioma popular,
suelen mojar su torcida con agua a la que se ha agregado algo de miel de
abeja. Otros, con agua, previamente
perfumada con granos de anís.
Este
arrollado de hojas de tabaco se acomoda en un palo de un metro y medio con un
diámetro no mayor de 3 cm. Se recubre en forma pareja con el enroscado,
a manera de liana. En las dos puntas del
palo se la sujeta con chala de maíz. El
avatí piré o chala previamente humedecido ha servido siempre a modo de cuerda,
cuando no el famoso “yvyra” (liana).
Estos
palos así preparados con su tabaco enroscado son secadas con mucho esmero a la
sombra, teniendo cuidado de darles vuelta para que la humedad quede pareja y no
afecte el sabor de las partes. Una vez
que tomaron el punto deseado, se van uniendo entre sí los trozos y se los
enrosca, como en una piola. Estas
torcidas así acondicionadas están listas para la venta y antes eran mercancía
muy importante para obrajes y yerbales.
Hacían largos viajes remontando el Paraná o internándose por largas picadas
en las árganas de los arrieros que a lomo de mula unían todos los puntos del
país.
Este naco
es el chicle del campesino. Según
nuestras creencias, el naqueador no sufre dolor de muelas y en muchos casos un
trozo de jugoso naco es usado como apósito para picaduras de arañas, avispas, y
para ayudar a juntar el pus en un doloroso yati-í o forúnculo.
También las lavanderas lo usan para, con un escupitajo,
eliminar alguna caprichosa mancha en telas blancas. Un trozo de torcida puesta en caña blanca se
usa para fricciones en dolencias reumáticas.
Existe
también otro tipo de naco más sencillo.
De tabaco fuerte, doble (se llama tabaco doble al de grandes hojas
gruesas, con ciertos puntos más claros) o “para” (manchado), se hacen grandes y
gruesos cigarros de más o menos 15 cms. de largo.
En
Caacupé todos los boliches tradicionales los venden y constituyen un atractivo
muy importante para lograr otras ventas. Tabaco y yerba de buena calidad son el
anzuelo del bolichero “ocára” (de afuera).
“Allí hay de todo: jabón, tabaco y yerba”, se dice.
Al
“pombero” (duende de nuestras campiñas), para tenerlo contento, que no toque a
las gallinas y las deje dormir tranquilas; y para que al perro no le sobrevenga
alguna rara parálisis o tumby-á (mal de cadera), se le pone en el mortero un
poco de caña y un trozo de naco.
Amigarse con este “caraí pyhare” (señor de la noche) es muy importante,
pues, aparte de evitar sus malas pasadas, se logran sus favores y se lo
convierte en centinela propio, según la creencia popular.
EL TATAKUA
“Agujero
de fuego” o “lugar donde habita el fuego”.
Los hay en nuestro país y en el norte argentino. Tal vez lo hayamos
heredado de nuestros conquistadores.
Hay
varias clases de hornos. El más típico
es de barro con bosta, algunos con una sola boca y un orificio a un lado arriba
para dar respiración al fuego. Otros son
“yuru yovái” (con dos bocas) que son más fáciles para el barrido. A estos agujeros para respirar se les dice
“nambí cuaá” (agujero de oreja). Otros
hornos son de tierra roja, que es sumamente adhesiva, o e “ñay ´û” (barro negro
del cual se hace la alfarería popular).
Algunos lo levantan con mucha habilidad sin armaje alguno y otros hacen
un armazón de “ysypó” (lianas gruesas) y lo construyen como la pared francesa o
de estaqueo. Luego lo van embarrando de
abajo para arriba y lo cierran con mucho cuidado, dejando sus bocas libres para
encender por allí fuego. Cuando está el
braserío, se lo empuja para atrás con una escoba de hojas verdes.
El otro
horno, aunque tiene un origen antiguo, es más moderno, pues es de material
cocido. Ayudado de un clavo al que se le
ata una liña y otro clavo o palo en el extremo, se fija el primer clavo y con
el segundo se marca la circunferencia.
Con una mezcla de barro, sin cal ni cemento muy bien trabajada, se
colocan los ladrillos bien unidos por dentro, dando una pequeña abertura al
exterior para hacer el círculo. Muy
lentamente se va achicando la circunferencia para dar el necesario molde hasta,
con habilidad, cerrar la bóveda. Luego
se procede a revocarlo, cuidando que no quede ninguna grieta, pues éstas dejan
escapar el calor.
En
nuestra zona, Ypacarai, Caacupé y Eusebio Ayala, hay verdaderos maestros
horneros, que los hacen enormes y bastante bajos, ya que depende de su altura
para que consuma más o menos leña, hasta alcanzar la temperatura requerida para
la chipa, que es la industria de estos lugares.
Existe
también un horno, el más rudimentario, que no se puede tener donde a uno le
plazca, sino donde se encuentre un gran “tacurú” (nido de termintas).
Se elige
un gran tacurú, de un lado se marca lo que será la boca y con un cortahierro se
va picando. Esta operación se hace
generalmente después de una gran lluvia.
Poco a poco se va ahuecando con una vieja pala o con machete, hasta
lograr sacar el mayor provecho en cavidad; luego se procede a quemar leña
dentro para matar toda la familia de “cupi´í” (termitas). Después se hace una mezcla de barro con bolsa
para ponerle un piso al ras o alisado.
Estos
hornos de tacurú son pequeños, pero tienen característica muy especial; cuecen
muy bien lo horneado y generalmente se pueden dar en ellos dos horneadas,
porque conservan maravillosamente el calor.
Especialmente las carnes tienen una cocción excelente en los
“tacurú”. Tal vez en el sin fin de
corredores hechos con esa materia con que arman las termitas el tacurú, logren
un no sé qué muy térmico que obtiene un calor parejo y duradero.
Hay otro
“tatacua´í” que me ha hecho muy feliz; el del hornero. Bartolo, el peón de patio de mi niñez, a
cambio de unas rapaduras o de silenciar alguna escapada, me traía la casita de
un hornero, ya rota la pequeña divisoria que hay en ella.
Hacer
fuego con un montón de leñitas, adentro de este tatacua´í era un gusto mayor,
luego de un rato barrerlo y llenarlo de galletas, taparlo un momento larguísimo
como nuestra impaciencia. Después, sacar
las galletas blanditas y calentitas del mini horno era algo impagable. Este juguete no lo tiene ni “Miramar”.
TURU
Aunque parezca mentira, este cuerno y su sonar en
nuestro campo tienen mucho que ver con la comida.
El turú es un gran cuerno que, al
soplar, emite un sonido que se escucha desde lejos. Hay que tener en cuenta el
gran silencio que reina en los lugares donde se lo usa.
Hasta hoy, con el turú se anuncian
las carneadas. Si tal o cual carnicero
toca el turú es porque habrá carne fresca.
En otros casos, el turú convidaba a las “cochesas”. Así se llamaban las
reuniones que se hacían para la molienda de la caña dulce y luego la cocción de
la miel.
En la “cochesa” generalmente
participaba todo el vecindario. Antes no
se contrataba personal para estos menesteres, pues se estilaba la “minga”. Es
decir, si había un trabajo grande, los vecinos acudían a ayudar y con el tiempo
éstos eran ayudados en sus necesidades. Para explicar mejor, diríamos que era
un trueque de servicios. Este sistema
hasta hace poco se usaba en Mauricio José Troche para hacer almidón.
TERERÉ RUPA
Se llama a lo que uno come antes del tereré. El “tereré rupá” puede ser cualquier cosa
sólida, como una chipa, un bife, un guisito o un “ype roba” (cara de pato), que
es algún resto de comida del día anterior recalentado.
Incluso
un poco de mandioca con sal es un tereré rupá, pues da sed.
TERERÉ
El tereré, tan difundido en nuestro medio, es
delicioso y refrescante. En una guampa o
vaso se pone yerba mate, ladeándola, y allí la bombilla.
En una cantarilla o jarra se vierte
el agua que difiere según el consumidor.
Algunos toman el agua natural, otros fría, pero los más la llenan de
hierbas medicinales refrescantes, machacándolas para que suelten su zumo en
ella.
Se ceba con esa agua y se lo toma
lentamente, solo en grandes ruedas de personas que hablan de política, negocios
o cuentan chistes entre mate y mate de tereré.
RELATOS DE MI ABUELA
EL
PERDÓN
En el día del matrimonio en la zona
del Guairá, es usual una ceremonia muy íntima llamada “El Perdón”.
Apenas
llegado de la iglesia, el flamante matrimonio entra a la pieza, donde les esperan
sentados los padres de la novia. Se
arrodillan los novios y con las manos juntas piden perdón por las faltas que
hayan cometido de solteros. La madre y el padre los bendicen y dan consejos que
han de seguir en su vida futura. El acto
tarda más o menos según la elocuencia de los progenitores. En caso de que la madre sea soltera o viuda,
lleva sola adelante la ceremonia.
Después los novios salen afuera,
recorren los bancos y algunas sillas, en donde contra las paredes “a la costa
de la casa”, está enfilada la concurrencia.
Saludan a todos y entonces comienza el brinde o convite.
En esta zona gusta mucho el vino
semidulce tinto, al cual son muy adictas
las mujeres mayores. Luego “corre” la
sopa paraguaya, que es el toque tradicional de toda la boda. “
¿Araca’é ya’úta la sopa?” (¿para cuándo comemos
la sopa?), es la clásica pregunta a un par de enamorados.
VELATORIO
DE ANGELITO
El
Paraguay, aunque chico, tiene distintas costumbres según la zona. El angelito (se llama angelito al niño muerto
antes de los 2 años) no es llorado, sino muy festejado.
En San
Cosme y Damián, al sur, he visto un curioso velatorio. Don Hercaclío era un contratista especialista
en hacer grandes portones, de esos que por desnivel se cierran solos. Chusco en su profesión, era chusco en
todo. Así que, cuando murió su nenita,
se empeñó en darle un chusco velatorio.
Apenas
fallecida la nena, vino desde su rancho a solicitar una gorda vaquillona a la
que carneó sin cuerearla, pues sería asada con cuero. Fue todo un trajín. De San Cosme se contrataron dos guitarristas,
un bandoneón y un estropeado violín, a más de traer cantidad de caramelos
largos, papeles brillantes para fabricar flores y oropeles para el blanco altar
que, una vez armado, fue una obra de arte, ponderación de la enorme
concurrencia que apareció como por encanto en esas lejanías para festejar al
angelito.
Corrían
la caña y el vino. El trajinar del
mujerío era enorme y los hombres con sus tableadas bombachas y sus botas
acordeonadas, en grandes grupos, caseaban (contaban cuentos o casos).
Se cavó
una honda trinchera (zanja rectangular de unos 70 cm. de profundidad) y
allí, con mucho cuidado, se hizo el fuego.
Tata jybá e ybyrá piu (leñas de especial calidad) y todo eso que da
elegido braserío, cayó al foso bajo la maestría de Don Heraclio.
Se
clavaron los horcones con horquetas con horquetas y se procedió a hacer el
enrejado de largas varas verdes, que no queman y no dan mal sabor.
Cortada
por el lomo con el pelo hacia el fuego, fue puesta la carne en dos enormes
mitades luego deshuesarla con mucho cuidado.
En más o menos 12 horas estuvo listo el asado, pero la espera no se
sintió, pues el baile, en el “ogaguy” (espacio techado sin paredes), fue
festejado con gran algarabía de la mozada y algunas “guãiguí (viejas), que
después irían a contar: “Iporã la baile” (fue lindo el baile). “Iporã la baile
he’i guãiguí oñembo yerokyramo” (Estuvo lindo el baile, dice la vieja cuando se
la sacó a bailar), es un dicho popular.
Al
oscurecer, cuando la carne estuvo a punto, fue levantada entre varios y así
entera, puesta sobre unos tablones en el ogaguy. Para acompañar el asado la humeante mandioca
en canastas; platos y fuentes por todos
lados formaban parte de la escena.
Jugosos,
blandos y calentitos se levantaban los trozos de carne, y allí se armó otro
baile, el de los grandes cuchillos. Cada
trozo era llevado con la mano a la boca.
Los cuchillos, con el filo para arriba, daban el corte exacto del
bocado.
Chusco,
compadrito y repitiendo que al cuero no se le quemó un pelo, recorría don
Heraclio, controlando si todo el mundo comía, bebía y estaba a gusto. Ya en la noche, de tanto en tanto se cantaba
en el altar, donde los papeles de color y los largos caramelos envueltos en celofán
competían en brillo al reflejo de los “sol de noche” (faroles a kerosene) y
algunos “mbopí” (lámparas), que habían recorrido largos caminos para gozar del
gasto del angelito.
Llegó el
amanecer, se ensillaron los caballos. Al
angelito le sacaron de la mano el coqueto ramito que se puso con gran cuidado
en el nicho familiar. Es creencia
popular que este ramito es sumamente milagroso.
Se cerró el blanco cajoncito que fue puesto a caballo, sobre la blanda
cabezada de un basto cuyos cojinillos hubieran dado envidia al más rico
hacendado.
Los músicos ejecutando a caballo y
el hombrerío atrás, se llevaron al angelito al cementerio de San Cosme,
distante dos leguas (diez kilómetros) del lugar. Antes las mujeres no iban a los entierros.
NOVENA
PAHA
Me tocó ir a la “novena pahá”
(ultimo día de la novena) de un “caraí guazú” (gran señor) de la zona de
Mauricio José Troche. De una familia
antigua, campesinos famosos por su honestidad y señorío, muy trabajadores, bien
administrados, “hembi’u hetáva rejhegua” (de los que tienen mucha comida),
buena tropilla de lecheras, grandes bueyes y uno que otro montado. En esta familia las mujeres eran fuertes,
regordetas, sabias en el hilado del algodón y la lana y en cuyos ogaguy no
faltaba el rústico telar para hacer los “poyví” (colchas de algodón) de verano
y la frazada de invierno.
Como toda casa que se precie, al
lado esta tenía, entre frondosos árboles, el pequeño oratorio del santo abogado
de la familia, donde, en medio de feliz convivencia, había crucifijos,
estatuillas de madera y barro, múltiples estampas encuadradas en burdos marcos,
flores de papel chifón, en rojo, blanco y azul, pues la bandera paraguaya es
muy común entre los santos y un alto candelabro de pie, con siete velas de sebo
hechas en la casa siempre prendidas y chorreantes.
En esa casa asistí a la novena
(nueve días consecutivos de rezo), donde convidaban con cigarros, uno a los
solteros y dos a los que teníamos pareja (esta es una vieja costumbre que
conozco desde niña).
El “ñembo’yba” (el que dirige el
rezo), simpatiquísmo, un mozo sanfranciscano que había sido enseñado a rezar
por un cura español de la iglesia de Ybaroty (barrio de Villarrica), rezaba
unas plegarias llenas de eses y zetas, como su peninsular maestro, sin hablar
español.
El día de la novena pahá había un
altar monumental de nueve peldaños de un blanco inmaculado. En el último peldaño, la Santa Cruz, y encima,
en su cielo también blanco, un enorme moño negro de luto. A los costados, haciendo pared, caña dulce,
en cada grada un par de velas y frascos con todas las flores blancas posibles
halladas en la comarca.
Muy temprano se rezó el primer
rosario para terminar el noveno a la tarde.
Toda la enorme concurrencia comió allí ese día.
LA COMIDA
En la víspera se faenaron dos enormes novillos que el
finado tenía escogidos para bueyes. Se
levantó la carne, se estaqueó el par de cueros y allí comenzó el gran trajín.
Los morteros de la casa, como los del vecindario, no descansaban en su rítmico
golpeteo. La sopa paraguaya y el “so’o
apu’á” (albóndigas) requerían gran cantidad de harina de maíz.
Los varones cavaban trincheras
donde, en fila, al día siguiente, estarían todas las ollas más grandes de Ñumi,
colgadas de ganchos en fuertes trípodes, aquellas mismas enormes ollas de
hierro, esas de matar chanchos y hacer miel.
El día del final del rezo, desde la
madrugada el trabajo fue enorme, y para el mediodía todo estaba listo. Los varones de la familia y vecinos se
ocuparon de organizar el almuerzo.
Primero los niños, “inocentes ndai
catúi ñambo ha’arõ” (los niños no pueden esperar). En enormes tablones con hojas de banano
fueron puestas grandes cantidades de blanca mandioca y humeante sopa paraguaya.
Primero salió el tallarín de fideos
cinta ancha con los trozos de carne adentro.
Un juguito rojo con mucho comino.
Un tallarín que se come con cuchara.
Después se sirvió el so’ó apu’á y
por último el estofado Paraguay deshechito y delicioso. Se retiraron todos los platos y los cuadritos
de “maipy he’e” (polenta hecha con harina de maíz, leche y miel de caña
espolvoreada con canela) bien encanelados bajaron a la mesa. Con los ombligos saltones, pero con la gula
propia de la niñez, los “mita’í” (niños) se engolosinaron con este postre, tan
rico como oloroso.
A los más grandecitos se les convidó
unos traguitos de vino garnacha para asentar la comida. Eran tantos los chicos que los conté mal que
mal y hasta ahora recuerdo que pasaban los 170.
Con mucho cuidado se limpió la mesa,
se cambiaron las hojas de bananas y de vuelta se hicieron las torrecitas de
mandioca y sopa paraguaya. La comida fue
la misma que para los niños, pero el vino corría a voluntad. Grande fue el gasto de la novena pahá. A esta comida se la considera como una
limosna hecha por el alma del finado, es un “Tupá mba’é” (cosa de Dios).
Cuando se terminó de comer, se envió
comida a las casas del vecindario, donde estaban viejitas o enfermos que no
habían podido acudir al rezo.
Al disponernos a volver a casa, nos
aviaban entre “mba’ysyvó” (hojas de tártago) para Fulano o Zutano que había
quedado de casero.
No sé cuánto se habrá cocinado, o si
es que en este rezo el Señor hizo, en secreto, la multiplicación de la sopa.
Los rezos como estos, “mombyry
jheracuá” (cuya fama va lejos), son el orgullo de los deudos, que no escatiman
gastos en honor de la querida ánima.
FUNCIONHAPE
“¡Ahá
funciónhape!”, se decía con tono festivo; “¡Ayú funciónhape!”, con tono
lastimero. La función patronal de un
pueblo es algo importante en la vida pueblerina. Toda la gente que vive en los alrededores, en
las compañías, dedica una gran parte de su tiempo en comentar la función que
pasó, y otra en prepararse para la que se avecina.
El pueblo vestido de fiesta, lleno
de pequeñas casillas, con una profusión de mercancías, que comprende desde el
alfiler de gancho, las hebillitas multiformes, mercería, santería, alfarería,
hasta todo lo que pueda saciar la vista del gentío sediento de novedad.
“¿Iporápa ra’é la fiesta?” (¿Fue
linda la fiesta?). “Jheé, hetá la
gentil” (“Sí, había mucha gente”).
El éxito de la función se mide por
la cantidad de gente que allí se ha reunido.
La aglomeración en sí ya es fiesta.
El mercado es el punto central de la
función pagana. La calesita, el pin-pin,
la lotería, la chica y la grande, y una que otra ruleta completan el equipo
para la diversión.
Primero la gente va a la iglesia, donde se
encuentra la Patrona
o Patrón del pueblo con sus mejores galas, rodeado de multicolores floreros en
los que rosas, margaritas, resedá o cualquier cosa “ipotyva” (que tiene flor)
compiten armoniosamente con rústicas flores de papel.
El olor a vela llena el ambiente; el
Santo en su “anda” está preparado para la procesión. La gente camina, recorre, toca una chuchería
acá, come algo, toma, saluda, cuchichea y comenta. Las personas mayores recuerdan las funciones
de antes y los jóvenes, sedientos, miran acá y allá, como pajarillos ávidos de
encontrar en estos días con qué romper la monotonía de su valle.
CARRERA
DE SORTIJA
La carreta de sortija es uno de los mayores atractivos de
las funciones, y es anunciada con “cohete pú” (sonar de cohetes). Grande es allí la romería, el arco engalanado con hojas verdes y unas piriritas
de papel multicolor. La gente de a
caballo con sus mejores aperos, el arreamen con las argollas brillantes, los
frenos dentro de espumantes fauces, animales que mordisquean nerviosos en medio
del ruido, el batir de los tambores de la banda de músicos y el mozo que
tironea del freno para chusquear ante la concurrencia. El anillo pende en el centro del arco con su
pañuelo que, como bandera, sacude el viento.
Comienza la carrera con un galopón
chusquísimo; armado del palillo para ensartar la sortija, se larga el primer
corcel. Si tiene éxito, con la derecha
en alto y la sortija bien arriba, regresa al grupo de gente a caballo entre
aplausos y vítores. El pañuelero,
persona que tiene el montón de pañuelos que son para premio, le ata con un
nudito su trofeo, en alguna parte de la cabezada. Cuantos más pañuelos luce una
cabezada, más orgulloso está el mozo o moza, pues hay buenas amazonas que
compiten en esta tradicionales justas.
Alrededor de estas canchas se
amontonan chiperas con su olorosa mercancía, butifarras, payaguá mascada,
aforrados (marineras), pasteles y “curé chyryry” (cerdo fino), que llaman a
gritos al tereré, a la cerveza, al mosto, a la aloja con “poha” (remedio) y
ahora, a las gaseosas que han sacado sus puestos al sinalco y manzané.
EL TORÍN
Ya mucho antes de la fecha de la fiesta, para emoción del
pueblo, se construye el corral y los palcos para el torín o corrida de
toros. Toda la chicuelada ronda, se
arremolina para controlar tan importante construcción. Los toros han sido cedidos por los hacendados
vecinos. No con gran gusto, pues son
muchos los estropeos que estos animales sufren, pero sería una ofensa para la
población negarlos para esta emocionantes lidias en las que, las más de las
veces, vemos correr al torero y treparse desesperado a lo que estuviere más
cerca, entre grandes risas de los jóvenes, socorros de las viejas y sustos de
la chiquilinada. A veces los animales
son jóvenes y bravos, pero otras, grandes, añosos toros, a los que ni siquiera
movería una vaquillona de tres años.
Pero allí todo es bullicio. La banda, la cantidad de gente, los
vendedores ambulantes y más que nada llena el ambiente el hambre de
emoción. Es bastante difícil escalar a
un palco de torín. Carece de toda
comodidad, pero una vez que estemos arriba, la conversación nos hace olvidar
que los acomodados abajo pueden comentar sobre el color de nuestras prendas
íntimas.
En el ruedo está el torero,
acompañado de unos personajes vestidos como payasos que sirven para hacer
ruido, tirar de la cola a los toros, a veces montarlos y otras correr de
ellos. Estos personajes son los bufones de
la toreada.
Lo más emocionante que puede ocurrir
es que se desarme algún palco y el bochinche que eso arma.
CALESITA
Y FUNCIÓN POTY
Otra diversión es recorrer el parque, es decir, deambular
entre los diversos juegos para, con el galán al lado, montarse en algún
caballito azul o amarillo y dar vueltas y más vueltas, de acuerdo al bolsillo
del candidato. De allí a una cantina a
comer una tira de asado a las brasas con mandioca calentita y, entre mohínes,
tomar una cerveza. Es uso corriente que
los mozos, al sentarse, pidan una docena de cervezas y las hagan destapar toda
a la vez, como demostración de fuerza económica.
Las mamás, al pasear a sus hijas
jóvenes, generalmente usan pañuelos de seda que sirven para coquetear y para
ensartar en ellos el montón de chipas que les habían comprado. Aparte del sabroso presente con que habían
sido obsequiadas, es una demostración de cuán prendado está el candidato para
entrar en tantos gastos.
En la mañana del día de la fiesta, ir
a misa es de rigor; desde muy temprano la campana se bate llamando más y más
fuerte.
Llegada la hora, el cura y sus
monaguillos, con sus mejores galas, entran y se arrodillan ante el altar mayor
para comenzar la ceremonia. Terminada la
misa, en hombros de la gente más importante, sale la imagen. La comitiva que en este caso camina adelante,
está por formada por el Intendente, el Comisario, el Juez de Paz, los miembros
de la Junta Municipal,
lo más granado del comercio, de los hacendados, las maestras. Atrás, la banda y el pueblo, entre cánticos y
letanías hasta que, después de haber dado el recorrido, se vuelve a la imagen a
su sitio y la gente, cansada, asoleada, sudorosa, corre en busca de una sombra,
de un refresco o de un tereré.
Después de haber comprado unos
“función poty” (recuerdos de las fiestas), la gente se apresta a regresar a sus
casas. “Sogué” (sin plata), ansiando
llegar para sacarse el sudor y el polvo de tanto trajín, pero contentos y
realizados por haber compartido con sus parientes y sus amigos esta fiestas que
serán recordadas medio año, para después, como siempre, prepararse medio año
para las próximas.
Un gran protagonista de la fiesta
del pueblo es el “a caballo con cebolla”.
Un bife con cebolla frita y un par de huevos fritos encima. Sea el paraguayo del extracto social que
fuera, pobre, rico, distinguido o humilde, se siente pleno ante un jugoso a
caballo.
HISTORIA
DE UN PARTO
San Nicolás es un paraje a orillas
del Tebicuary, en el departamento de San Pedro del Paraná. Un ancho y largo cañadón que zigzaguea como
el río, limitado del otro lado por altos montes.
Tierras fiscales usadas por pequeños
hacendados que no conocían la necesidad de límites ni alambrados. Años atrás, el Paso Tirí era cuidado por un
hábil balsero, cuyo elemento de transporte iba sujeto a cuatro enormes
cachibeos donde podían subir carretas, caballos y caballeros. Por ese paso cruza el antiguo Camino Real que
lleva de Yuty al Alto Paraná. Es decir,
el que unía la vía férrea con las profundidades de la selva.
Allí, en ese paraje, fue dada a luz
una hermosa niña en singular condición.
Era un 22 de agosto, con brillante luna, suave brisa, ni frío ni
calor. Después de la cena, la madre
comenzó a sentir los indicios del parto.
Víctor, un peón de confianza, ensilló su caballo (en estos lugares uno
tiene montados a mano) y fue por la comadrona.
Después de dos largas horas, se
sintió que las banzas de la tranquera caían para dar paso a tan importante
persona.
Entró doña Ciriaca, y sin saludar
puso su mano izquierda en la frente de la parturienta que se debatía con los
intensos dolores del parto. ¡Oh, maravilla!, estos dolores desaparecieron en el
acto. Doña Ciriaca musitó su oración y
después saludó. Luego palpó con largas
uñas negras de sucias y sin lavarse las manos.
Cuando se conoce las psicologías de éstas médicas se tiene que elegir
entre la entrega total o el peligro del abandono. Las vacas paren en los pajonales y las
marranas en los chiqueros, ¿por qué no podría parir una mujer donde fuere?
Sin dolor, el único signo de vida
que daba el bebé era un fuerte empuje por salirse afuera.
“¿No tiene tayaó (repollo ordinario
de hojas gruesas)?” preguntó doña Ciriaca.
Gracias a Dios, la medicina había
en la huerta. Se trajo el tayaó. El padre del bebé cebó el té en un jarro
enlozado, puso en él tres granos de sal gruesa e hizo beber a la parturienta
para que al bebé le dieran ganas de nacer.
Doña Ciriaca palpó de nuevo y dijo, muy seria: “Va a nacer el tercer
empuje. Quiero un hacha para cortarle el
ombligo si es varón, para que sea un buen hachero; y una tijera si es mujer,
para que le guste la costura; una vela, para cauterizarle el corte; hilo rojo,
para atarle el ombligo, para ahuyentar la mala suerte y los malos espíritus”.
Todo estaba a mano, pues en la casa
se la conocía a doña Ciriaca. Al tercer
empuje, sin que la madre sintiera el más mínimo dolor, nació una hermosa
rubiecita a la que se arropó sin bañarla para que absorba la grasitud de su
piel. Se le cortó el ombligo con una
vieja tijera, se le ató con hilo DMC rojo, de bordar, se le quemó con una vela
de sebo encendida, se le espolvoreó el ombligo con ceniza de plumas de cuervo
para que volara alto y ceniza de cacá de “apere’á” (conejo) para que sea
ligera.
Al día siguiente, después de haber
tomado mate, se despidió la médica encargando que por favor no se bañara a la bebé hasta los ocho días. Se le dio un queso y 100 guaraníes, que a
ella le pareció muchísimo. Todo fue muy
bien. Esa niña se enfermó por primera
vez a los ocho años.
ALIMENTO
POSPARTO
En el campo, se come gallina por dos
motivos muy distintos: Primero, para festejar algo o agasajar a alguien. Segundo, cuando el campesino está
completamente sin dinero y siente una gran avidez por la carne. Entonces come “gallina”, pues generalmente la
mezquina por los huevos. ¡Estos son tan importantes cuando las distancias son
grandes!.
Otro caso en que se come sin falta
una gallina, es cuando la dueña de casa ha tenido un bebé. La primera sopa que toma la mujer, si es
posible, se un suculento caldo de gallina vieja, pues ha gastado mucha energía
al parir y para ser respuesta necesita una fuerte dosis de proteína.
El caldo de gallina vieja y el de
espinazo fino de vacuno están considerados en el campo como de gran valor
nutritivo.
“MUY
LINDO, TU PESEBRE”
El pesebre campesino está hecho de
“ca’abó be’i” , piso de gramilla, globos de huevos de piririta, de anó, de
piojoso “pitogue” (benteveo), de marroncitas “ynambú” (perdices), de enormes
“ñandú guazú” (avestruz), estrellitas de “cuatiá verá” (papel brillante),
pegadas con engrudo de almidón a las hojitas de las plantas, nidos de toda
clase: pequeños, medianos y enormes y espinosos nidos de “añumby”, laguitos de
espejos con patitos de barro, un Niño enorme, la Virgen y San José
chiquitos, una que otra oveja-alcancía, todo rodeado de grandes sandías, piñas,
melones, mangos, racimos de uva y gran profusión de flores de coco y el corazón
rojo de caraguatá.
El gasto o convite es, según lo que puede ofrecer el dueño de
casa. Cántaros de clericó hecho con
fruta variada, siendo siempre las grandes anfitrionas la banana y la piña, por
su sabor y perfume. También, bandejas de
caramelos con colorido y brillo son parte del gasto.
Los lugareños, vestidos con sus
mejores galas, en compañía de sus niños recorren grandes distancias para
visitar pesebres. Conocen un montón de
villancicos, entonan unos cuantos y se aprontan a retirarse. La dueña de casa los invita con clericó y pasa
una vuelta de caramelos. Entonces el
grupo agradece y se retira con el conocido dicho de: “Muy lindo, tu pesebre”.
En el campo, donde las distancias se
miden en leguas, generalmente se prepara asado y sopa paraguaya y de postre
“mbaipy he’ẽ”. Toda la
concurrencia reza y canta ante el pesebre hasta la medianoche, pues la Virgen María está con
los dolores del parto. Pasadas las
24:00, las guitarras, violines, flautas y contrabajo aparecen como por encanto
y se baila para festejar el nacimiento del Niño Dios. Los rosados y celestes de los vestidos de las
mozas, únicos colores que visten las mujeres, lucen entre los “mbopí”, y el
crujir del tafeta barato es el orgullo de estas damas sencillas que quizá no
bailarán en la próxima Navidad, pues ya tendrían que acunar a sus niños.
EL
MATE DE MI PAPA
Mi padre tomaba mate por la mañana,
y por la tardecita. Si hacía frío en
invierno, también a media mañana.
Las dos primeras mateadas eran
preparadas por Bartolo o por la “machú” (cocinera), pero el de la tardecita, no
sé por qué raro antojo, quería que lo hiciera su “sinvergüenzoña” (yo). ¡Qué horror! Con mi mejor sonrisa y mi
zalamería profesional, decía: “Sí, papá”, soltando mis muñecas o bajándome de
algún árbol o dejando mis cachivaches, o entierro (velatorio de algún
desdichado pajarito al que alguien le había dado un honditazo). Eso sí, renegando en todos los tonos pero con
mi mejor sonrisa a ese mi papá sólo mío, que no escatimaba arbitrariedad para
consentirme.
En un largo corredor de más de 35 metros, mi padre se
paseaba en “robe de chambre” con una boina bien calada, ponderando el frío con
algún amigo casual que era huésped para su dicha.
En la cocina, Canuta, la machú, me
entregaba el mate y desde allí tenía que llevarlo a mi papá. Al principio éste era muy bueno, pero cuando
empezaba a aburrirme, le tiraba parte de la yerba, para cansarlo con tanta
agua, luego lo cebaba por la bombilla para que se quemara. “Ponele más yerba, parece muy lavado”, me
decía; entonces; yo batía la saliva y, esquivando la mirada de los que estaban
en la cocina, le pegaba un buen escupitajo para hacerlo espumoso.
EL
APEPU
El apepú o naranja agria es de gran
importancia en la alimentación de nuestro pueblo. De sus hojas se hacen tisanas para dolores de
estómago, que beben también los que padecen del corazón; leche aguada para
enfermos y otra más liviana para los bebés.
La gente muy pobre, que carece de leche, da a los bebés té de hojas de
naranja para sustituirla.
Su fruto es usado para aliñar
carnes, dando ese toque característico, dorado y de sabor especial al
“chicharõ”, sea de cerdo o vaca.
El paraguayo, que come tan
naturalmente sus alimentos, acostumbra darle un toque de gusto a sus comidas
exprimiendo sobre su poroto, locro, borí-borí y hasta en el puchero un chorrito
de apepú. El “mbo hái” (agriar) es muy
común en nuestra gente. En el campo, en
las estancias, para salar la cecina (so’ó pirú) y el charque, se usa el apepú
con sal.
Para cuajar la leche es común usar
cuajo de vaca salado, puesto en abundante
jugo de apepú. Luego este cuajo será
estirado y secado al sol.
También a las lecheras se les da el
apepú, aunque cuando los comen en demasía la leche toma un sabor
característico.
Los altos montes de nuestro país han
sido muy ricos en naranja agria. Para
extraer el petit grain, los mineros (así se llama a los hombres que cosechan
yerba u hojas de apepú) recorren esas zonas de caminito en caminito para
cosechar la gruesa hoja que irá a ser destilada en toscos tambores y gotear su
aceite en un largo caño enfriado en algún arroyito. En París, Londres o cualquier gran ciudad, al
perfumarse las coquetas diosas del jet-set, ni sueñan que en ese perfume hay un
poco de sudor y reviro.
Del jugo del apepú se toman ricas
alojas. El jugo colado y hervido, bien
espumado, reemplaza al vinagre para hacer pickles.
El apepú, por su rusticidad, ha sido
siempre un pie sano y fuerte para injertos de cualquier clase de citrus.
De su hollejo blanco se hacen los
rubios panes de dulces de naranja.
Previamente rallada la fruta para sacarle la película anaranjada, nos
queda el mismo hollejo que cocido en miel de caña nos dará el riquísimo
“coserevá”.
Las mejores mazamorras son hechas
con lejía de ceniza de apepú o de marlo de maíz. Su madera es dura y nada
quebradiza. Por eso los mangos de hacha
del buen hachero son muchas veces de palo de naranja agria. Por si todo esto no fuera suficiente, de su
madera se obtiene una leña de óptima calidad, que humea muy poco.
Asunción luce en sus calles el
apepú, que nos da sombra y ese perfume característico de nuestra amada
ciudad. Antes, cuando la electricidad
era privilegio de muy pocas ciudades, en las planchas de hierro, las brasas de apepú eran muy apreciadas. Los asunceños, de niños, jugaban a la
guerrilla con sus frutos, en los barrios como el San José, por ejemplo, los
apepús estaban a la orden de la chicuelada.
Los alemanes, para ahumar sus embutidos, usan el apepú.
¿Qué más puedo decir de ti, humilde
apepú?
MBOCAYA
En la zona de las cordilleras abunda
el mbocayá (coco), que Dios plantó para solaz de nuestro pueblo, pues el mismo
no necesita cuidado ni laboreo para pararse altivo, despeinar su lustrosa
cabellera en lo alto y darnos en diciembre ese perfume a pesebre, tan
característico en nuestras casas. Flores
que más tarde serán jugosa pulpa amarilla, encanto de los niños y quebranto de
mamás que temen un gran atragantamiento.
Partiendo el duro carozo tenemos la
almendra, que es vida. El desayuno más
común del campesino de estos lugares es mandioca con un buen plato de almendra
de coco.
En las casas también se acostumbra
tomar mate de coco, es decir sustituir la yerba por almendra de coco
previamente pisada y cebada con agua azucarada.
Entre gente pudiente se toma cebado con leche azucarada, a veces
perfumada con brote de limón ceutí o ramitas de “menta’í”.
Los hombres que trabajan en las
canteras de la zona cordillerana o cualquier lugar aledaño, generalmente llevan
como avío bolas hechas de coco pisado con mandioca aliñada con sal. Esta es la ración que sustenta a estos duros
campesinos que rompen las piedras para hacer cimientos o las coquetas lajas,
cuyos arabescos serán el orgullo de mansiones.
EL HU
Nadie me lo ha sabido explicar, pero
el negro está revestido de cierto poder en nuestras creencias campesinas.
La leche de vaca negra es
recomendada por nuestros médicos “ocara” (de afuera, curanderos), con
preferencia la de “apoyo”.
Se llama apoyo a la leche que es
obtenida al final del ordeñe, después de hacer mamar una vez más el
ternero. Esta leche es la más cotizada
por su sabor y virtudes. Esto, por
supuesto, sólo dentro de la creencia popular.
Los huevos de gallina negra también
son recomendados por su valor nutritivo, más aún si es de gallina “conca”. La gallina conca es de patas también negras y
carne oscura, muy apreciada por lo antedicho.
Estos huevos comidos con miel de abeja y espolvoreados con “curatũ”
(culandro) son recomendados para los que adolecen de “mba’asy po’í”
(tuberculosis).
Para hacer cualquier brujería se usa
la punta de la cola de un gato negro, renegrido. Reitero, siempre me han llamado la atención
atribuidas a estos animales negros.
REMEDIO
DE PERU’I
El tero y el caballo son animales de
sueño muy liviano. Cuando escuchamos que
los teros por la noche se molestan, es
que alguna persona o animal anda rondando cerca.
El caballo, aparte de ser muy
volvedor y conocer al dedillo el camino de su querencia, no se nos duerme jamás
cuando, esquivando el sol y su calor, recorremos en su lomo largas distancias
al amparo de la noche.
Por eso el famoso Peru’í, médico y
adivino del cerro Cristo Rey de Caacupé, mandóme que el día de San Juan
durmiera con la púa del ala del tero bajo la almohada y me lavara la cara con
“cabayú rembyré” (el resto del agua donde haya bebido un caballo). He hecho ambas cosas porque en la juventud a
todos nos apasionan las pruebas de San Juan.
No sé si habrá tenido o no
influencia el “pohá” (remedio) de “Peru’í”, pero soy de sueño extremadamente
liviano y tengo la capacidad de orientación heredada de mis ancestros a flor de
piel.
POHA
RYACUA
La comida típica paraguaya es
sencilla, pero con muchas reglas estrictas en su preparación. El tiempo y el cuidado que le dedica el ama
de casa es parte importante de su sabor.
Es como una obra de artesanía. El
amor de artesano es su mejor aliño.
Tenemos sabores básicos que desde
antaño han contribuido a su mejor gusto y era, debido a las distancias y los
malos caminos, todo un lujo para nuestros abuelos, el comino, el “curatũ”,
el orégano, el ajito (como llaman al ajo los campesinos) y la pimienta. Por supuesto que la cebolla siempre fue muy
importante, pero debido a su cultivo en el país con éxito, no la mencionamos
entre los lujos.
El anís es ingrediente principal en
la chipa y en la sopa de Semana Santa.
La primera medicina; el brebaje
mágico del niño, ha sido y es un buen té de anís. En casos especiales, el anís previamente
tostado.
Para los catarros infantiles, el
anís con “curatũ” tostado, pisado en mortero y bien mezclado con aceite
bueno (fino) y miel de abeja.
LA CANELA
La canela y el clavo de olor forman parte de nuestros
postres tradicionales. Un buen arroz con leche es huérfano y mendicante si no
está bien espolvoreado con la perfumada canela.
El muy célebre “camby he’ẽ” o “mbaipy he’ẽ”, crema
hecha en leche con harina de maíz blanco y endulzada con miel de caña, lleva un
buen espolvoreo de canela como final.
En el antiguo mercado del centro, hoy Plaza de los Héroes,
se lo podía comprar sabrosísimo, exhibido sobre hojas de banano. Las viejas marchantes de “typói” y
almidonados pollerones lo defendían del asedio de las golosas moscas con
pequeños plumeritos de “avatí piré” (chalas de maíz).
La canela también fue siempre muy usada dentro de la
medicina popular. Los médicos empíricos
le atribuían propiedades especiales. De
la pata de buey hervida hasta que se hiciera una crema, endulzada con miel de
abeja y perfumada con buena cantidad de canela, se hacían caramelos
fortificantes de personas muy débiles y para curar la tisis.
Para las hemorragias de la menopausia, estos médicos
indicaban fuertes infusiones de canela, por ser especiales para evitarlas y
reponer la sangre perdida.
EL
CLAVO DE OLOR
Otro gran señor es el clavo de olor. Muy usado para perfumar nuestro cotidiano
dulce de mamón. El mamón es una hermosa
planta que nos regala su elegante y lozana fruta, abundante y presta para ir a
la mesa, cruda o cocida en rubio almíbar y perfumada con clavo de olor.
Está tan difundido el uso familiar de ese dulce que no hay
compatriota que no guste de él.
También perfuma el “curapepé” (dulce de zapallo) y el
“andaí” (de calabaza), y para estos dulces es imprescindible, dada la simpleza
del sabor de estas frutas.
También es muy usado para perfumar la caña. Para hacer un sabroso licor, no hay como
macerar en caña unos cuantos clavitos de olor y una pizca de canela. Es la famosa mistela, bebida tan difundida
antiguamente, que era servida en todos los “ñembo’ é” (rezos) a los santos
abogados.
Para una mistela son imprescindibles: menta, yerba buena,
canela, pero siendo el patrón del sabor el clavo de olor. A esta mezcla de poha se la hervía en
panzonas ollas de hierro, endulzada con miel de abeja y por último se le
agregaba la caña.
No había campesina que se precie que no tuviera su abogado
y se privara de hacerle el rezo con su gasto, que era el deleite del
vecindario. Según la economía hogareña,
corría más o menos mistela. Estos rezos
tenían sus serenatas ofrecidas por músicos promeseros, entre los que no
faltaban la flauta y algún destartalado violín.
El clavo de olor pisado en mortero y puesto en un poco de
caña es el apósito más difundido para los dolores de muela.
Toda “oga yára”, es decir, buena ama de casa, cuenta con
sus remedios caseros, entre los cuales no faltan el extracto de clavo y el
anís.
Dentro de la medicina empírica hay creencias sobre el
especial valor nutritivo de ciertos alimentos.
Algunos son el gualí del hígado vacuno (parte del hígado que parece una
bolsita), el librillo, las patas de vacuno, la miel de abeja, las semillas del “curatũ”, la canela y
el anís.
RYGUAZU RUPI’A YKU
Al huevo siempre se han atribuido
grandes cualidades alimenticias y en el campo se lo considera afrodisíaco, por
este motivo es especial alimento de hombres, vedando este pequeño manjar a las niñas,
para que no tengan necesidades sexuales a destiempo.
Se lo come pasado por agua o
previamente mojado, cocido en el rescoldo caliente; puede ser aliñado con sal,
pero para que tenga más alimento se lo sazona con polvo de semilla de curatũ
y en caso de ser consumido por personas muy débiles, con miel de abejas.
También se hace mitad anís y mitad
“curatú” con miel para endulzar la yema de huevo crudo o cocido. Los huevos pasados por agua con este aliño
son receta reconstituyente y alimento para estudiantes que trasnochan, o
personas que hacen esfuerzo mental, según creencias populares. Estas costumbres son antiguas; sin embargo,
muy actuales en el campo.
COSEREVA
MERCADO
Es el dulce de naranja cocido en
miel de caña. Creo que es el dulce más
antiguo de estas tierras. He tratado de
averiguar desde joven de dónde proviene el nombre, pero no lo he logrado. Lo
que sostengo es que, con el mamón, son los reyes de nuestras mesas.
El coserevá con queso fresco, con
cuajada, con nata de leche o solo, no es recibido como un postre más, sino
siempre con interjección.
Se lo prepara de dos maneras: en su
almíbar negro de miel de caña, y otra que no veo más en nuestros días, que
vendían en el mercado del centro (delante del Banco de Fomento), sobre trozos
de hojas de banano. Estos eran secos, de
unos cuadros maltrechos de diez por diez, de lados algo húmedos, chatos y
deliciosos.
¡Oh, vendedoras de aquel viejo
mercado!, si fuera poeta les contaría
las más bellas estrofas. Nunca
olvidaré a la que se sentaba en la misma puerta, a la mano izquierda. Su enorme pollerón almidonado de un blanco
inmaculado. No sé en qué se sentaba tan
grande que era su pollerón, su bata floreada con alforzas, de anchas mangas
hasta el codo, orlada de grueso encaje blanco, su collar de coral engarzado en
oro, sus largos aros de tres pendientes con crisálidas, su poquito pelo
acomodado en un rodetito sujeto con un “kyguá verá” (peineta brillante) y
fumando un enorme cigarro de hoja, un poco por viciante y tal vez otro poco
para ayudar a su espantamoscas.
LAS
PRESTAMISTAS DEL VIEJO MERCADO
Es imposible hablar de comida y
olvidar el mercado y es imposible hablar del mercado y no recordar a sus enjoyadas prestamistas.
A las tres de la mañana o a las
cuatro ya estaban allí. Una podía
reconocerlas: paquetonas, con collares, cadenas, medallonas, todos encimados,
pulseras y más pulseras, gruesos y toscos anillos, enormes aros, y dos o tres
peinetones de oro y crisálidas.
Pendiendo del brazo su cartera,
especie de valijín barrigón y espacioso, de un modelo que usaban todas las
mercaderas.
Las transacciones eran
verbales. Firmas y demás cuentos, ¿para
qué? La palabra tenía un enorme valor, más aún que la economía de estas
marchantes dependían de por vida de estas prestamistas.
Después de hacer todos sus negocios,
a las nueve más o menos, se juntaban cuatro o cinco y de gran comadreo se
metían en el bar Germania, de la calle Cerro Corá. Allí, anchas y orondas, tintineantes de
alhajas, pedían su desayuno, bife a caballo con cebolla y un gran jarro de
chopp cada una; se las atendían con gran deferencia. Clientas cotidianas y muy solventes, si
alguien del mercado las necesitaba, esperaba paciente en la puerta. ¿Cómo atreverse a molestar, mientras se
alimentaban, a estas banqueras ambulantes?
El respecto por ellas era muy grande
y eran muy queridas por sus clientas, a quienes trataban maternalmente.
EL
CHIPA GUAZU
Hecho de maíz de choclo, grasa,
cebolla, queso y cuajada.
Es una comida sumamente importante en
nuestro país, especialmente para el campesino, que espera al maíz como
solución. Cuando éste llega en noviembre
ya se le han terminado sus provisiones de la cosecha anterior. “Oíma la avatí Ky” (“ya tenemos choclos”), es
dicho con gran contento, pues solucionará gran parte de sus apremios.
Para hacer el chipá guazú se
deschala la espiga, se la limpia de barbas (pelusa que viene sobre los granos,
bajo la chala, y que se toma hervida como diurético), luego se desgrana, puede
ser a mano o cortando los granos a cuchillo.
En el campo se pisa el maíz en el
mortero, o se lo ralla en grandes ralladores hechos en casa con pedazos de
latón o de zinc. Para el campesino, la
manera de preparar es completamente distinta, pues generalmente se le pone
grasa, queso o cuajada, sal y tiene una manera de cocinar muy especial.
Se forra con una gruesa capa de
hojas de banana, una olla de hierro, allí se vierte el pastón; luego, con mucho
cuidado, se tapa este pastón con las hojas de banano en forma envolvente y se
le colocan más trozos de hojas de banano, metiendo sus puntas tras los ya
puestos; sobre este envoltorio se pone una pequeña cantidad de ceniza caliente
y encima brasas, se cuelga la olla en el gancho y se le pone fuego muy suave o
se sacan a un costado brasas donde se asienta la olla. Allí se cuida que no falte el calor, pero que
no apure, y después de una hora y media o dos se introduce un cuchillo a través
del envoltorio, profundamente, si sale limpio es que el chipá está listo.
Entonces, con mucho cuidado se saca
la olla, se la pone de lado y, ayudada con una espumadera o palito, se retira
el resto de las brasas y la ceniza. Se toma la olla del alambre y de una pata con
trapo, y se la vuelca sobre una mesa de cocina, para que caiga el
envuelto. Allí se le retiran las hojas
de banano y queda el lustroso y humeante chipón, aromático y apetitoso. Este chipá guazú ocara es muy complicado,
pero así lo hacen hasta hoy los campesinos, que carecen de todas las
comodidades actuales, pero ricos en algo muy caro: son dueños de su tiempo.
YETY
El campesino paraguayo la come
hervida, como acompañante de las comidas; con leche o miel de caña como postre
o sobremesa.
Algo muy apreciado es la batata
asada entre las cenizas. Cocida así es
más sabrosa, pues guarda su propia agua, y su sabor y perfume aumentan.
La tenemos de varias clases. La batata blanca común, la morada grande, la
morada pequeña y una batata semi-salvaje que sólo he visto en el campo, entre
los mandiocales, de hoja pequeña, que no fructifica en la “mata” (raíz), sino
en las guías. Es de color amarillo
subido, en Guarani se llama “yety andaí” (batata calabaza), por el gran
parecido de su color. A esta batata no
la he visto nunca en los mercados. Quizá
sea porque su producción es escasa y cuesta mucho tener unos kilos de ella.
Cuando el mercado funcionaba en la
plaza que está actualmente frente al hotel Guarani, había una marchanta,
célebre por sus enormes batatas asadas.
Parecían cantarillas con su cáscara gris azulada, espolvoreadas de cenizas,
como envueltas en cuero de burro, semi-resquebrajadas, entre hojas de banana
(entonces casi no se usaba el papel), sobre mesitas bajas, y para acompañarlas,
gruesos jarros de barro “ñay’ u apu’ á” con leche cocida adentro y con su nata
como tapa-sello de calidad, orgullo de quienes la vendían.
No era raro ver sentado en un cajón
de jabones (hecho de madera) a algún señor, jarro en mano, y un humeante trozo
de batata en la otra, despachándose un rico desayuno. A su lado, en el suelo, su sombrero. El paraguayo jamás con el sombrero puesto.
EIRETE
La miel de abeja fue alimento de
nuestros nativos desde tiempo inmemorial.
Hay varias clases: la de monte, conocida como “eíra Europa”,
“lechiguana”, “camuatí”, “eira tatú”, “apynguareí” y “yateí”, son las que
conozco.
El “apynguareí” tiene muy poquita
miel, que es guardada con cuidado, pues se usa para curar el ojo, en especial
para la gente de campo que ha andado tropeando o trabajando bajo los rayos del
sol. Las semillas de “curatũ tostadas y pisadas con miel son
un antiguo anticatarral que se usa hasta nuestros días.
MBOCAYA
RASO
Cuando se parten grandes cantidades
de coco para comer o vender la almendra blanduzca y lechosa, de cuando en cuando
nos encontramos con un gusano blanquísimo, gordo y acurrucado, que nació y
creció dentro del carozo.
Entonces corremos hasta el fogón, lo
hincamos en algo puntiagudo y, chirriante y dorado, es un petit manjar para
quien lo saborea.
TAMBU
El tambú es una larva grande, un
gusano gordo de uno cinco centímetros de largo, más grueso hacia el medio.
No estoy segura, pero creo que son
las larvas de esas enormes mariposas azules que, con vuelo suave y tranquilo,
recorren los altos bosques.
Se encuentran debajo de ciertos
troncos podridos que llaman “tambú’rã” (para los tambú). Los mbyá (parcialidad indígena de nuestro
país) los recogen gozosos en su época y los llevan vivos, en su “bocõ” (bolsita
colgante de hilo de coco) o en sus sombreros.
Al tambú se lo clava en un palo
finito y se lo asa (“mbichy”). Frito en
aceite o grasa es muy rico y cuando es tierno, su sabor en nada envidia a
un camarón. Pero cuando la larva está crecidita es algo
cueruda, y hay que armarse de buena hambre y gran voluntad para despacharse
estas delicadezas del monte.
ARASA
El guayabo es una planta que ama nuestra
tierra. Desde el Paraná al Apa, se la
encuentra en estado natural y de distintas clases. Las hay de carne o pulpa amarilla; de pulpa
roja, de plantas grandes, de campo, chatitas y de frutas chicas (“arasá-pé”) y
ahora tenemos unas enormes de pulpa gruesa, injertadas, pero que no tienen el
sabor ni el perfume de las que nacen solas, plantaditas por la mano de Dios.
Nace en todas las tierras, sean
éstas rojas, negras, arenosas, pedregosas y en las mesetas, y da flores con
fuerza y lozanía, para envidia de sus vecinas.
En la Cordillera,
nace en los lugares menos esperados.
Entre las piedras, sus hojitas nervudas y fuertes logran abrirse paso;
si llueve, si hay seca, lo mismo, el guayabito sigue creciendo, se retuerce,
lucha; su tallo, flexible, va adquiriendo grosor y retorciéndose con gracia,
con respingo de pollerón de bailarina.
Se lustra, se hace fuerte. El frío y el calor lo templan, pero nada le
impide seguir adelante. El viento lo
sacude, el granizo lo charquea, pero el guayabito llega a su cuarta primavera y
se llena de flores.
De esa flor blanca, bella,
lujuriosa, esté donde esté, es un reto de triunfo. Es tan bella que en nuestros famosos ñandutíes
es motivo principal, detalle de finura y buen gusto. Pasan los días y los blancos pétalos
alfombrarán el suelo, dejando la pequeña frutita, cuyo afán es crecer.
Tenemos después la fruta madura, de
un amarillito claro; los primeros en probarla son los pajarillos, pero son
tantas que podemos compartir con ellos el manjar.
El guayabo tiene ramas muy
flexibles, por eso los niños la usan para hacer arcos. Su madera es muy dura, da muy buen fuego y
brasas calientes, así que los que planchan con carbón gustan hacerlo con brasas
de madera de guayabo.
Sus hojas cocidas sirven para la
higiene íntima y para hacerse gárgaras en caso de dolores de garganta o para
buches cuando tenemos problemas de encías.
Los trompos, esos que giran
incansables y que los niños aman tanto, se hacen preferentemente de madera de
guayabo.